Enviones de la Vida – Adiós a Myanmar (Parte II)

Cuarto Envión.

Luego de varios cambios de transporte, muchas horas en el camino y colectivos rotos estábamos nuevamente rodando hacia Yangon.

El nuevo bus era normal, no muy grande, tengo que admitir que por tener todas esas valijas alrededor estaba mas cómodo en la mini van. No había mucho espacio pero no me importaba demasiado, con estos últimos viajes las expectativas caen drásticamente y uno termina queriendo simplemente llegar a destino. Al cabo de una hora de viaje una valija me cae en la cabeza, la acomodo nuevamente, unos niños me miran y se ríen. Extrañaba un poco la traffic.

Seguimos rumbo a Yangon, otra hora de viaje, y un olor raro comienza a entrar por las ventanillas; venía del motor. La gente se tapa la nariz y el hombre que se sentaba a mi lado le reclama al chofer. Frenamos, nos bajamos y comienzan a alborotarse las cosas, como dice un amigo, se ponía «picante».

El conductor, sin interés alguno por solucionar el problema, pide a los pasajeros que suban de nuevo, que todo estaba bien. Un grupo comienza a quejarse y reclamar que en esas condiciones no se podía viajar, algo le pasaba al motor y adentro del vehículo no se podía respirar. Yo no entendía mucho, pero suponía que el chofer quería seguir andando y los pasajeros se negaban a hacerlo. Estaba anocheciendo y Rosa se acerca y me explica un poco la situación confirmando mis sospechas, entonces me dice que no me preocupe que ella se iba asegurar que llegara a Yangón,  un taxista amigo nos podía buscar pero mas cerca de Yangón por lo que teníamos que seguir varios kilómetros más para esperarlo.

Esperamos al costado de la ruta junto a otros pasajeros hasta que llegó un colectivo de otra línea que iba en esa dirección. Rosa, su hija Melody y otros pasajeros nos subimos a este nuevo bus, estaba atestado de pasajeros pero nos dejaron viajar igual, nos pusieron bancas de plástico en el pasillo para que nos sentemos el resto del trayecto. Los locales me miraban extrañados por ver un extranjero en esa situación, algunos sonreían y yo sabía que eso era lo que buscaba de Myanmar y no podía dejar de sonreír.

Todo era demasiado gracioso, yo no sabía si llegaría a destino, tenía que confiar en la ayuda de Rosa y su hija para llegar a tomar el avión a tiempo, ah, y sin casi nada de dinero en el bolsillo.

Ultimo Envión

Seguimos rumbo en el nuevo transporte por unas horas más hasta llegar a una parada en el medio de la nada y en plena oscuridad. Rosa me dice que teníamos que bajarnos.  Al lado de la ruta había un auto, y unas personas hablando entre ellas, el chofer se baja y Rosa duda un poco en subirse a ese auto o no. No era el taxi que había pedido y ese no era el lugar a donde ella esperaba ver a su amigo. Luego de discutir con el chofer del bus Rosa finalmente me indica que subamos a ese vehículo, yo claramente no entendía nada.

Subimos a este nuevo auto en el medio de la nada y en plena oscuridad, íbamos Rosa, Melody y yo. El auto nos llevaba a otro lugar, otra parada de colectivos en donde el amigo de Rosa nos buscaría, luego de viajar una media hora más llegamos a la parada donde el amigo de Rosa nos buscaría.

Así fue como llegamos a la última parada, habían pasado 17 horas y yo todavía no estaba en Yangón. Luego de esperar unos minutos Rosa me pregunta si quería comer algo, (había algunos lugares para comer en la mini estación de transporte), me negué por no tener mucho dinero y no sabía si tendría que usarlo después. Rosa me insiste, me invita la cena y nos sentamos a comer. Cenamos un plato típico de la zona y conversamos amenamente. Rosa me contó sobre su empresa turística en Yangón y Melody me contó su sueño de viajar y estudiar en el exterior, yo estaba feliz de poder compartir una cena con ellos, esa familia de Myanmar me había salvado del flujo constante de eventos desafortunados que se fueron interponiendo en el camino, pero como dicen «el obstáculo es el camino». 

Luego de intercambiar contactos y esperar un poco finalmente nos buscó el amigo de Rosa, me dijeron que no me preocupara que me llevarían al aeropuerto, era más de lo que esperaba. Recorrimos el último trecho en un par de horas y a la madrugada llegamos al aeropuerto, me dejaron en la mismísima puerta de embarque. El envión había sido perfecto, a tiempo para mi último vuelo despidiéndome de Myanmar y de esa hermosa familia.

Me costaba entender lo extraordinario de ese último día.

Envión de Fe

Recuerdo esta gran historia de despedida de un país que me cautivó al tiempo que me dejó fluir por sus tierras y sonreír entre medio de la gente mientras respiraba dentro de pagodas sagradas. Esa “cuestión de fe del bus”, de lo prometido, de lo que vendrá, de la promesa futura de algo mejor, sin embargo ese camino recorrido era la promesa, era la promesa de una aventura que seguía y cumplía expectativas de caminar junto a seres extraordinarios en latitudes ajenas.

Pienso que a veces es bueno dejarse llevar en el camino, no interponer resistencia al flujo constante de eventos temporales que nos van atravesando, dejar que esa energía se haga carne en nuestro cuerpo y que la presencia en el momento sea absoluta y sagrada.

Hoy creo que ese big bus si existió y lo conformaban esas personas que me fui cruzando en el camino y fueron creando el trayecto y me modificaron en el viaje interno que sigue hasta hoy.

Volé finalmente a Bali y luego a Nueva Zelanda para terminar una gran etapa, seguía impulsado por enviones filosóficos que hasta el día de hoy siguen ofreciendo profundos cambios y grandes crecimientos.

Enviones de la Vida – Adiós Myanmar (Parte I)

Aquí, una serie de eventos des-afortunados que me fueron sucediendo en el medio de un entreverado viaje para volver a Yangon, ciudad donde debía tomar mi último vuelo a Bali.

Así me despedía de Myanmar.

Yo estaba en Inle Lake o Lago Inle, una ciudad a unos 600 kms de Yangon y solo contaba con los últimos 10000 Kyats (unos seis dólares) ni un billete mas ni uno menos. Inle Lake está ubicada en la zona central de Myanmar en el Estado de Shan, el Lago Inle es el segundo lago en extensión y uno de los más altos del país. Sus aguas forman canales entre las zonas de cultivo. Se pueden encontrar jardines, casas e inclusive un mercado flotante donde los turistas y locales acceden a diversos productos. Es típico encontrar en medio de sus aguas a pescadores haciendo equilibrio en la punta de la barcaza, sosteniéndose con un pie y con el otro envolviendo la red para atrapar los peces.
Al estar rodeado de más de doscientas aldeas y poblados también es posible ver como se transportan los productos y cómo los trabajadores recorren los caminos y rutas hacia el lago y los poblados.

Luego de experimentar la alucinante experiencia de vivir en esta región del país, me encaminé hacia lo que sería el final de mi periplo por Myanmar y el Sudeste Asiático.
Como sabía que los tiempos de viaje en Myanmar eran diferentes tenía que tomar las precauciones pertinentes. Saqué un boleto de bus matutino con casi 24 horas de antelación a mi vuelo, (8 de la mañana del día siguiente) Así empezó todo:

Primer envión.

Me pasó a buscar un pequeño camión, típico en Myanmar, que acostumbra a trasladar pasajeros en distancias cortas. Me sorprendió algo ver un transporte tan chico para un viaje tan largo. Sin embargo el conductor notando mi consternación me dijo que ese iba a ser un viaje corto de unos minutos hasta la parada del “bus grande”.
Al llegar al destino me indicó un lugar a donde sentarme, era una suerte de kiosco al lado de la ruta que también funcionaba como parada de transporte. Dos monjes budistas me saludaron y hablamos un poco, uno de ellos me contó que era de Inle Lake y que estaba viajando a Yangon por unos días.

Segundo envión.

El colectivo se demoró unos cuarenta minutos pero finalmente llegó, no se podría decir que era un colectivo grande sino mas bien una van o traffic con pocos asientos. A estas alturas del viaje poco me interesaba el tipo o tamaño de transporte, más si me interesaba llegar a destino.

Junto con otros locales subimos y el conductor me comentó, en un inglés básico, que luego cambiaríamos a otro bus más grande. A la segunda promesa de un “bus más grande” comencé a encontrarle el costado humorístico de la situación, a la distancia podía entrever lo que se aproximaba, la película se resumía en: Un viaje larguísimo, casi nada de dinero y un avión que se iba en unas horas. Lo gracioso de la situación era esa promesa de algo mejor, la situación se volvió una cuestión de fe, algo casi religioso, el “Bus Prometido” que vendrá.

Luego de un par de horas en el trayecto, me di cuenta que ese famoso cambio a otro colectivo tardaría en llegar si es que llegaba. Y me di cuenta de esto cuando luego de dos horas de viaje frenamos en un comedor al lado del camino y los pasajeros comenzaron a almorzar (diez y media de la mañana). Un poco desconcertado me senté en una mesa sin intención de comer. Un joven local me preguntó si estaba todo bien, le dije que si pero que no entendía si el tan prometido colectivo llegaría, ya comenzaba a perder la fe en el «Bus Prometido». Me dijeron que cambiaríamos de transporte pero que tendríamos que seguir viaje unas cuatro horas mas en la misma minivan, la fe disminuía.
Luego de tres horas, una mujer con su hija comienzan a ofuscarse reclamándole al chofer y hasta llaman a la empresa para quejarse de la situación, el bus grande seguía sin aparecer.
Frenamos en otro comedor, algunos almorzamos y seguimos viaje. Al arrancar de nuevo la mujer que se quejaba me compartió un postre típico de Myanmar, me dice que se llama Rosa y me presenta a su hija Melody, hablamos un poco y me dice que estaba muy enojada con la empresa.

Tercer Envión

El trayecto que siguió fue complicado por el sinuoso camino montañoso de la zona, a esto se le sumaba el mal estado de la ruta. Inesperadamente nos cruzamos con otro bus de la empresa, mucho más grande y moderno, el chofer de la traffic le toca bocina y hace señas para que frene pero sin éxito, entonces se estaciona a un lado del camino y llama a la empresa tratando de comunicarse con el famoso bus grande. Habíamos tenido una experiencia casi espectral del tan nombrado “Bus Grande”.

Seguimos el viaje hasta que luego de dos horas nos topamos con dos colectivos al lado del camino. Uno de ellos con el capó del motor abierto y humo saliendo del mismo. Mucha gente, entre los dos vehículos, y las compuertas de las bodegas abiertas. Frenamos y nadie me comunicaba nada, no sabía si había llegado o no el momento de conocer el tan ansiado bus. Rosa, (la única local que hablaba ingles), me comunica que efectivamente estábamos en presencia del bus prometido.
Me acerco a la bodega para dejar mi mochila , pero no había lugar. La situación era la siguiente, uno de los colectivos se había roto y todos los pasajeros se estaban cambiando al otro, incluido todo el equipaje. El problema era que una mujer tenía una asombrosa cantidad de bolsas de verduras que llevaba a Yangon, probablemente al mercado para vender, con lo cuál ocupaba casi la totalidad de la bodega. Si, las verduras ocupaban todo el espacio.

La única opción que quedaba era meter las valijas en la última fila de asientos libres, yo estaba en la penúltima fila. Luego de un esfuerzo arquitectónico por acomodar todas las valijas en el fondo, el bus finalmente arrancó rumbo a Yangon.

Arrancaba un nuevo envión…

Reflexiones Sobre La Diversidad – Caminando Por Kuala Lumpur

Estábamos en Kuala Lumpur, mi amigo y compañero de viaje Kevin había llegado desde Singapur y nos encontrábamos allí para continuar el periplo en dirección norte.
Luego de varios días recorriendo la ciudad más poblada de Malasia estábamos listos para emprender viaje hacia la “capital de la comida callejera”, la isla de Penang.

En esos días en Kuala Lumpur pudimos entre otras cosas apreciar la mixtura cultural que se extiende entre casi dos millones de habitantes de la ciudad y el país. Kuala Lumpur se encuentra en el estado de Selangor, y entre otras cosas es la residencia oficial del rey de Malasia. Me resultó impactante la ciudad desde el primer encuentro, una amalgama por momentos caótica en donde conviven la cultura malaya, china e hindú. Ciudad moderna que bien podría confundirse de noche con un escenario futurista de Blade Runner. A estas alturas el movimiento constante que se vive entre este tipo de ciudades en Asia ya no me sorprendía demasiado, pero me impactó la manifiesta diversidad que se puede apreciar caminando en sus calles.

Me había hospedado en el barrio Chino y allí conocí a Chas, un joven oriundo de la ciudad de Malaca, (Sur de Malasia) fanático del futbol y especialmente orgulloso de su equipo local el Melaka United FC. De manera muy generosa me aconsejó lugares para visitar y un par de noches salimos a comer por el barrio chino con otros amigos. En una de esas noches me contó sobre la presencia de la religión islámica en las decisiones del estado, respaldado por la amplia mayoría musulmana que habita a lo largo y ancho del país. A pesar de la mixtura cultural y religiosa en la ciudad, la predominancia islámica es evidente.

Sin embargo cerca de Kula Lumpur se encuentra uno de los santuarios de la cultura Tamil mas importantes afuera de India, Las Cuevas de Batu, dedicada a Muringan (Señor de la Guerra, hijo de Paravati y Shiva, hermano de Ganesha). Escenarios tan impactantes como este no pueden sino demostrar el complejo entramado histórico que han vivido estas sociedades a lo largo de siglos de historia. Cientos de turistas, viajeros, y fieles de todo el mundo acuden cada año a este lugar impresionante que con escalones teñidos de colores nos indican el camino al santuario custodiado por la inmensa estatua del dios Murugan. Ciertamente una experiencia alucinante, no solo desde un punto de vista arquitectónico sino por la experiencia sensorial del contexto, palomas revoloteando los puestos de comida aledaños, fieles perfumados y exaltados por llegar al templo, turistas y selfies por doquier.

Mi experiencia como viajero siempre está sujeta a una comprensión subjetiva de la experiencia directa con el entorno y con las personas con las que me voy cruzando en el trayecto. Gracias a poder hablar y conocer el otro lado de las vivencias locales es que puedo transmitir los recuerdos de mis pasos por ese camino.  

En este sentido también me dejo llevar por el impacto visual que tiene una ciudad como Kuala Lumpur en donde el orgullo argentino me alborota cuando me enfrento, por primera vez, a las majestuosas Torres Petronas diseñadas por el arquitecto Argentino Cesar Peli, unas Torres Gemelas de 452 metros con una base de estrella islámica, (representación del orden y la armonía). El Impacto visual es increíble desde todos los rincones.


Por otro lado, no puedo obviar imágenes de grandes ratas deambulando por la noche en las calles del centro o la gente durmiendo en algunos bancos de plazas y parques. El Todo conforma esa experiencia de mi paso por el lugar, este me va impactando de diferentes formas, me hace reflexionar y me hace tener no sólo una visión sesgada por el análisis de las partes sino por el conjunto de lo que me voy encontrando.

La complejidad de estos lugares,  el entramado histórico que les conforma, no me hace sino reflexionar sobre la diversidad y la construcción de un ideal de vida basado en estándares occidentales impregnados por la riqueza y pluralidad de diferentes culturas orientales que se entremezclan en una región específica del globo.

Es interesante pensar el cómo se han ido estableciendo y construyendo las sociedades alrededor del mundo a lo largo de los años. Por más diversos que sean los intereses, al fin de cuentas siempre buscando el poder establecerse en un espacio de tierra que los aloje y los albergue. Trabajo, clima, religión, familia son algunas de las variantes que van forjando un sentido de movimiento y, luego, el establecimiento en ciertos rincones del planeta. Es increíble pero esto que sucede en Kuala Lumpur se repite en otras latitudes de manera similar, las grandes metrópolis son testigo de esto.

En estos días que corren creo fundamental pensar y finalmente entender que somos simplemente conglomerados humanos con particularidades y subjetividades diferentes. Como especie estamos predispuestos a forjarnos en varios sentidos de identidad, en base a la capacidad de supervivencia que vayamos teniendo en los diferentes lugares y tiempos históricos que recorremos como raza humana. En este sentido me parece interesante reflexionar sobre estos lugares en donde se amoldan formas de pensar, creer y vivir distintas en las que el ser humano claramente esta sujeto a la forma de identidad con el otro, y en esa conjunción va formando su propia subjetividad individual y colectiva.

Absolutamente todos en esta tierra somos producto de un movimiento que se forjó en algún momento en el tiempo por nuestros ancestros. Y esa capacidad de movernos primero y adaptarnos después nos formó como seres humanos sociales, migrantes, nómades y a la vez sedentarios temporales en la línea de tiempo de la existencia humana. Por otro lado la empatía hacia el otro debió ser parte de ese proceso para un buen entendimiento con los demás y así poder recorrer el sendero de la vida de la manera más afectuosa posible. No hay lugar para la discriminación, la segregación o la construcción de un otro “malo” si en la base del entendimiento está el saberse parte de un todo que nos define en nuestras raíces más profundas. Este entendimiento es fundamental pensarlo como algo que nos afecta y al cual afectamos con nuestras decisiones individuales y colectivas.

Lo bueno de las experiencias viajeras si se les sabe sustraer la esencia a través de su transmisión y reflexión, es que nos permite re pensarnos en lo que somos hoy como individuos y en lo que nos toca vivir en el presente donde sea que nos encontremos. A partir de ahí forjar nuevos sentidos de identidad y comprensión del otro y de uno mismo.

Por la libertad de los pueblos, la justicia de las opresiones y la diversidad como un eje de construcción de la realidad.

«La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes. Estamos atrapados en una red ineludible de mutualidad, atados en una única prenda del destino. Lo que afecta a uno directamente, afecta a todos indirectamente” Martin Luther King

Martin Luther King – Carta Abierta desde la Cárcel de Birmingham

Amores Secos

Amores Secos se aferran a mis pies mientras bajo de la moto eléctrica que me traslada por las pagodas de la antigua ciudad de Bagan. Mientras observo la imagen automáticamente me siento transportado a esa tierra lejana.

Vuelo a través del tiempo, voy recorriendo pequeños senderos de tierra entre maizales y hermosas acacias que rodean las miles de pagodas construidas a lo largo de muchos siglos. Sigo en ese trance atemporal y veo, cuál viajero sin rumbo, cómo giro entre energías sospechosas de magia ancestral.

Me despierto a la madrugada, son las cuatro de la mañana, tengo que asegurarme llegar a tiempo a Bagan Viejo para poder observar el amanecer y ver el nacimiento de un nuevo día sobre las pagodas. Me sorprendió ver tantos viajeros despertando temprano con el mismo plan, y con eso en mente todos salimos en nuestras bicis y motocicletas hacia la explanada.

Debo confesar que un día antes de esto ya había recorrido parte de Bagan Viejo, allí pude ver lo esplendoroso y místico del lugar, más de 3500 templos budistas construidos a lo largo de 25 kilómetros cuadrados.

Bagan fue la antigua capital de Birmania desde los años 1044 hasta el año 1287 y fue centro político, económico y cultural del Reino de Pagan. La zona arqueológica nos obliga a reflexionar sobre su antigüedad ya que las estructuras budistas que nos vamos topando datan de entre 800 y 1000 años de antigüedad.
A pesar de que la ciudad sufrió un terremoto, en Agosto de 2016, la mayoría de sus templos se encuentran en buen estado, sin embargo todavía se pueden ver restauraciones de los templos que fueron afectados.

En este primer día me encontré con un pintor que dibujaba paisajes típicos del lugar, como tantos otros. Los pintores deambulan por el lugar en búsqueda de potenciales compradores de sus obras. Me dijo que me podía indicar un buen lugar para ver el amanecer, me ofrecía mostrarme una pagoda escondida a la que podría subirme y ver el sol asomarse a través de las estupas y templos. Accedí entusiasmado, y a cambio me pidió mostrarme sus pinturas, así fue como lo seguí entre matorrales y caminos muy estrechos hasta que llegamos a un gran maizal que no permitía seguir con la moto, frenamos allí y bajamos.

Nos adentramos en un frondoso camino y luego de cruzar la plantación llegamos al pie de una gran estupa. Me señaló la punta de la estructura y me dijo que había que sacarse el calzado para poder subir por respeto y costumbre religiosa, así lo hicimos y nos trepamos a la cima. Me topé con una fantástica panorámica de pagodas entremezcladas con maleza y maizales que dejaban entrever los miles de santuarios en el horizonte. Luego de sacar algunas fotos me llevó a otro templo y me ofreció sus pinturas, encantado compré una bella panorámica de Bagan Viejo y, bajo una estatua de Buda, el pintor agradeció por la buena fortuna, nos saludamos y no nos volvimos a ver.

Con mucha ingenuidad creí haber localizado el lugar para volver al otro día y así poder ver el amanecer, sin embargo si hay algo que es fácil hacer en este lugar es perderse entre templos, y así fue.

Volvemos al día siguiente, yo seguía en mi moto rumbo a Bagan Viejo y antes que amanezca pensaba en cómo llegar a ese rincón escondido entre maizales, en mi mente estaba la certeza de poder encontrar el sendero y llegando a donde suponía estaba el mismo, me perdí. Lo malo de desorientarse en ese momento era que el sol comenzaba a estibar los primeros rayos de sol en el cielo, me perdería el momento. Me encontré desalentado al ver que los rosas de la hora mágica ya teñían cada rincón a mi alrededor pero decidí seguir con la moto introduciéndome por senderos varios hasta encontrar algo que me recordara dónde estaba. Y en el medio de esa búsqueda frenética de repente escuché una bella voz llamándome desde el cielo.

Alguien podría decir que el escenario místico y espiritual ameritaba la posibilidad de escuchar voces celestiales. Sin embargo la voz era de una bella chica que me llamaba desde lo alto de una pagoda, era un grupo de tres mujeres jóvenes y un chico, todos hacían señas indicándome el camino escondido hacia la pagoda. Rápidamente trepé al templo mientras agradecía la buena fortuna y al llegar a la cima me encontré con el grupo, sonreían de ver mi cara de felicidad por haber subido justo a tiempo. La chica que me indicó el camino era española así como el resto de los jóvenes viajeros, por lo que el encuentro siguió en lengua castellana.

Colores ocres, amarillos, rojos y naranjas ya impregnaban el espectacular lienzo, la imagen era impactante, pagodas, templos y estupas se bañaban en cálidos colores y la abundante maleza que todo lo rodeaba comenzaba lentamente a respirar el día entre humo de chimeneas.
Mirando con mi cámara el espectacular amanecer no pude evitar sentir una paz trascendental que invadía mi cuerpo y mi alma, no pude dejar de sacar fotografías mientras agradecía el momento. La quietud y el silencio del espectáculo eran insuperables, sublimes y mientras registraba el momento comencé a divisar una gran forma redonda elevarse en el horizonte. Si, eran globos aerostáticos que justo ese día y gracias al clima podían volar y nosotros verlos elevarse. Estoy convencido de que ese día hubo un vínculo extraordinario, algún tipo de conexión prodigiosa para que todo se diera, para que esa vivencia se materialice y que la experiencia se transformara en historia, en imágenes y palabras.  

Una foto puede tener una o mil historias detrás, puede ser producto de una emoción, un sentimiento, un acontecimiento, un lugar o un encuentro. Una fotografía nos puede transportar a otro tiempo y lugar, puede hacernos ver los vestigios de realidad que sucedieron en otras épocas. Puede hacernos dar cuenta de la importancia del ahora, puede hacernos reflexionar sobre la condición humana y sobre todo sobre la condición de nuestra conciencia más innata.
Creo que si hay aunque sea algunos momentos de estos en nuestras historias, todo puede elevarse, la vida misma, todo lo que somos y nos pasa, como ese amanecer, ese misterioso momento que me regaló un instante perdido en el tiempo.

Las historias se conforman de eso, de los atisbos de realidad que creemos vivir y experimentar, esas señales van conformando una conglomeración de estados mentales y emocionales y ahí es donde creemos residir como personas. Sin embargo lo preciso es ser capaces de actualizar las formas con las que procesamos la vida que somos y todo en el presente porque es lo único que tenemos y tendremos.

Luego de esa mañana continué mi periplo por todos los templos que pude visitar, entré a decenas de pagodas y medité en algunas, nuevamente me perdía entre santuarios pero a pesar de esto pocas veces me sentí tan libre, tan en paz, nunca me había encontrado tanto.

El día se fue sucediendo lenta y mágicamente, luego los rayos de sol escasearon otra vez y así fue como el día se fue.

Al anochecer noté algo, miré hacia abajo y Los Amores Secos ya no estaban en mis pies.

Conectando en Dala

Un día caminando por Yangón decidí desviarme de las calles del barrio chino que me alojaba y fui hasta la rivera del río. La aglomeración de gente ya se veía, estaban todos esperando el ferri que cruzaba hacia el otro lado, iban hacia el poblado de Dala. Ya sabía de su existencia y me dispuse cruzar para conocer ese otro costado de la realidad birmana.

El ferri es el medio de transporte usado por cientos de birmanos que trabajan en Yangón y viven en Dala. Formada por cincuenta villas y rodeada de ríos, es un área rural subdesarrollada a pesar de su cercanía con la ciudad más importante del país. Es importante mencionar que parte de esta población se vio perjudicada por el tsunami de 2004, esto sumado a la dificultosa conexión con la ciudad por la falta de puentes fue creando condiciones poco favorables para la región.

En este otro lado se pueden ver principalmente villas de pescadores, aldeas de bamboo, pagodas, monasterios budistas y mercados de comida.
Tan rápido como llegué a pisar tierra me encontré con un joven que me ofrecía llevarme a conocer la zona, accedí y charlamos un poco de Dala y Yangón.
Antes de caminar, me quedé mirando un partido de Chinlone en la vera del río, este es el deporte nacional de Myanmar, característico por las destrezas atléticas de los participantes que haciendo grandes saltos y piruetas en el aire logran hacer pasar una pelota hecha de Rattan (Caña de Indias) por arriba de una red. Después de fotografiar la escena me propuse caminar y adentrarme en la región.           

Una de las primeras cosas que fuí a conocer con mi guía fue un monasterio, al contrario de lo que sucede en Yangón aquí se ingresa sin costo alguno a las pagodas. Pude saludar a los monjes budistas que estaban trabajando la tierra en el lugar y seguimos el recorrido.

Luego fuimos directo a la aldea de bamboo, un poblado un tanto alejado del caserío principal de Dala, una de las zonas más afectadas por el tsunami. Uno de los primeros lugares que pude ver fue el cementerio en donde yacen gran parte de las víctimas de aquel evento que todavía tiene sus cicatrices presentes.

Seguí caminando y presencié nuevamente otra escena de lugareños jugando Chinloe, luego fuimos a recorrer el lugar. La gente me saludaba amablemente, algunos un tanto extrañados, evidentemente no recibían muchas visitas en esta zona. Me crucé con muchas familias disfrutando el sol, trabajando, jugando o simplemente estando en el lugar, todo lo que había para ellos era eso, su aldea. Los niños correteaban y se acercaban, miraban mi cámara y yo les dejaba usar el equipo para que vean mientras posaban y hacían morisquetas divertidas. La espontaneidad del momento fluyó en el ambiente y en la conexión humana que se generó inclusive sin la posibilidad de comunicación lingüística pero si afectiva.

Luego de jugar con los niños y hacer el registro fotográfico del lugar seguimos rumbo al mercado de alimentos a donde concurren todos los lugareños para abastecerse de comida para el día o la semana. Los perfumes y colores tomaban protagonismo en otra escena típica en la película que es Myanmar.

A pesar de las marcadas diferencias, de la imposibilidad de comunicarse o simplemente por la lejanía preestablecida con otras formas de entendimiento de la realidad, pienso que si se hace un esfuerzo se puede conectar y generar esos vínculos mientras uno se mueve, el movimiento al fin y al cabo es de la cabeza, nada más.

Creo que en algún momento volverá la posibilidad de proyectar esos lazos mientras el movimiento del viaje sea una constante en la mente y mientras la realidad se vaya amoldando a esa comprensión del otro, y así poder reír, llorar, emocionarse, entenderse, vivir.
Mientras tanto queda generarlos desde el entendimiento mutuo y de la comprensión real de la situación que todos experimentamos hoy como un todo conectado.

Recuerdo que al volver atardecería sobre el río Yangón, el sol caía sobre el horizonte y yo lo vivía como una despedida de aquella ciudad que me alojó durante tanto tiempo, en breve con amigos viajeros partiríamos en búsqueda de otras tierras mágicas y sagradas.

La fuerza del viaje seguía latente sin embargo en el horizonte ya se comenzaban a divisar trazos de escritos por esbozarse para un día como este poder compartirlos y finalmente terminar el viaje.

Comienza la Ceremonia

Salí desde Auckland a Bali un Martes por la madrugada. Por ese entonces yo estaba visitando una amiga kiwi que, amablemente, me alojaba los últimos días antes de mi travesía, por lo que tuve que salir bien temprano.

A veces uno se da cuenta del impacto que ciertas experiencias tienen en uno en el momento exacto en que suceden. Algo así me aconteció apenas llegué a mi primer destino, Bali. Al llegar a esta isla de Indonesia los colores, la música y la tradición hindú-balinés calaron profundamente en mi entendimiento del todo. Especialmente desde mi visión occidental-latina que, cargada de pre conceptos, pero a la vez dispuesta a dejarse llevar por el camino, fue adentrándose en las diferentes culturas de esa parte del mundo.

Hoy, en tiempos de pandemia, en dónde las fronteras están a la vez cerradas y desdibujadas a la vez, parece fácil reflexionar sobre la conexión de todo con el todo. Creo que la idea de Aldea Global se comprende recién hoy un poco más, manifestada en hechos concretos en donde la realidad nos sacude inesperadamente.

Sin embargo, ya en ese entonces y por algún motivo extraño, logré experimentar una sensación de gratitud al hacerme consciente de la inmensidad del mundo y darme cuenta de que las lejanías y diferencias eran reales pero ficticias en su esencia.

De esta manera me adentré en esta isla empapada de templos hindúes, en donde la religión y la espiritualidad atraviesan las distintas aristas del entramado social. Todo esto sin dejar de lado el contexto de efervescente consumismo del lugar, que acelerado por el creciente turismo de países vecinos como Australia van re-moldeando la sociedad.

Todavía recuerdo el preciso momento en que ese impacto se “materializó” en consciencia pura, fueron apenas unos segundos, yo iba en una moto, mi chofer designado, Diron, manejaba y yo detrás iba admirando lo que veía.

Estábamos yendo al templo de Uluwuatu a ver la ceremonia del Kecak (Una antiguo Baile-Ritual tradicional en Bali).

Ese momento de realización consciente se podría decir que fue una suerte de premonición iniciática de lo que sería mi periplo por el sudeste asiático. Una moto andando a toda velocidad atravesando una ciudad condensaba en tráfico, personas, vehículos y bocinas, que se mezclaban en una humedad omnipresente que todo lo envolvía.

La aceleración ondulante de la moto esquivaba todo con destreza en un movimiento cuasi orgánico con las otras piezas de la trama vehicular. Pero era más que eso, mientras atravesábamos la isla convergíamos con la extraordinaria exaltación de todos los sentidos.

Allí estaban, gigantes estatuas y monumentos de dioses hindúes que decoraban diferentes esquinas e intersecciones del camino, mientras tanto el movimiento lo barría todo. La humedad nos perseguía mientras los perfumes de los mercados y puestos de comida callejera se adentraban en mi cuerpo. Yo intentaba retener la esencia mística del momento iniciático, de ese instante sagrado de felicidad plena, un instante efímero en donde se circunscribían acciones de una escena surrealista.

Un mar de motocicletas fluían en varias direcciones, éramos solo una gota más en ese océano de movimiento. De repente pude ver como una enorme estatua del héroe hindú Arjuna nos escoltaba y apuntaba con su arco en dirección al sol que bajaba lentamente por el horizonte mientras un avión aterrizaba traspasando el rojo de la tarde. La irreal escena transcurría en el devenir mientras la moto atravesaba el camino y llegábamos finalmente al templo de Uluwuatu.

El sol ya caía sobre el mar y una sensación de contemplación plena se cristalizó. Y ahí estaba yo, por primera vez experimentando la vivencia del viaje en un entendimiento de estos momentos como atisbos previos a relatos que se convertirían en historias, como esta.

La ceremonia comenzaba.