Enviones de la Vida – Adiós Myanmar (Parte I)

Aquí, una serie de eventos des-afortunados que me fueron sucediendo en el medio de un entreverado viaje para volver a Yangon, ciudad donde debía tomar mi último vuelo a Bali.

Así me despedía de Myanmar.

Yo estaba en Inle Lake o Lago Inle, una ciudad a unos 600 kms de Yangon y solo contaba con los últimos 10000 Kyats (unos seis dólares) ni un billete mas ni uno menos. Inle Lake está ubicada en la zona central de Myanmar en el Estado de Shan, el Lago Inle es el segundo lago en extensión y uno de los más altos del país. Sus aguas forman canales entre las zonas de cultivo. Se pueden encontrar jardines, casas e inclusive un mercado flotante donde los turistas y locales acceden a diversos productos. Es típico encontrar en medio de sus aguas a pescadores haciendo equilibrio en la punta de la barcaza, sosteniéndose con un pie y con el otro envolviendo la red para atrapar los peces.
Al estar rodeado de más de doscientas aldeas y poblados también es posible ver como se transportan los productos y cómo los trabajadores recorren los caminos y rutas hacia el lago y los poblados.

Luego de experimentar la alucinante experiencia de vivir en esta región del país, me encaminé hacia lo que sería el final de mi periplo por Myanmar y el Sudeste Asiático.
Como sabía que los tiempos de viaje en Myanmar eran diferentes tenía que tomar las precauciones pertinentes. Saqué un boleto de bus matutino con casi 24 horas de antelación a mi vuelo, (8 de la mañana del día siguiente) Así empezó todo:

Primer envión.

Me pasó a buscar un pequeño camión, típico en Myanmar, que acostumbra a trasladar pasajeros en distancias cortas. Me sorprendió algo ver un transporte tan chico para un viaje tan largo. Sin embargo el conductor notando mi consternación me dijo que ese iba a ser un viaje corto de unos minutos hasta la parada del “bus grande”.
Al llegar al destino me indicó un lugar a donde sentarme, era una suerte de kiosco al lado de la ruta que también funcionaba como parada de transporte. Dos monjes budistas me saludaron y hablamos un poco, uno de ellos me contó que era de Inle Lake y que estaba viajando a Yangon por unos días.

Segundo envión.

El colectivo se demoró unos cuarenta minutos pero finalmente llegó, no se podría decir que era un colectivo grande sino mas bien una van o traffic con pocos asientos. A estas alturas del viaje poco me interesaba el tipo o tamaño de transporte, más si me interesaba llegar a destino.

Junto con otros locales subimos y el conductor me comentó, en un inglés básico, que luego cambiaríamos a otro bus más grande. A la segunda promesa de un “bus más grande” comencé a encontrarle el costado humorístico de la situación, a la distancia podía entrever lo que se aproximaba, la película se resumía en: Un viaje larguísimo, casi nada de dinero y un avión que se iba en unas horas. Lo gracioso de la situación era esa promesa de algo mejor, la situación se volvió una cuestión de fe, algo casi religioso, el “Bus Prometido” que vendrá.

Luego de un par de horas en el trayecto, me di cuenta que ese famoso cambio a otro colectivo tardaría en llegar si es que llegaba. Y me di cuenta de esto cuando luego de dos horas de viaje frenamos en un comedor al lado del camino y los pasajeros comenzaron a almorzar (diez y media de la mañana). Un poco desconcertado me senté en una mesa sin intención de comer. Un joven local me preguntó si estaba todo bien, le dije que si pero que no entendía si el tan prometido colectivo llegaría, ya comenzaba a perder la fe en el «Bus Prometido». Me dijeron que cambiaríamos de transporte pero que tendríamos que seguir viaje unas cuatro horas mas en la misma minivan, la fe disminuía.
Luego de tres horas, una mujer con su hija comienzan a ofuscarse reclamándole al chofer y hasta llaman a la empresa para quejarse de la situación, el bus grande seguía sin aparecer.
Frenamos en otro comedor, algunos almorzamos y seguimos viaje. Al arrancar de nuevo la mujer que se quejaba me compartió un postre típico de Myanmar, me dice que se llama Rosa y me presenta a su hija Melody, hablamos un poco y me dice que estaba muy enojada con la empresa.

Tercer Envión

El trayecto que siguió fue complicado por el sinuoso camino montañoso de la zona, a esto se le sumaba el mal estado de la ruta. Inesperadamente nos cruzamos con otro bus de la empresa, mucho más grande y moderno, el chofer de la traffic le toca bocina y hace señas para que frene pero sin éxito, entonces se estaciona a un lado del camino y llama a la empresa tratando de comunicarse con el famoso bus grande. Habíamos tenido una experiencia casi espectral del tan nombrado “Bus Grande”.

Seguimos el viaje hasta que luego de dos horas nos topamos con dos colectivos al lado del camino. Uno de ellos con el capó del motor abierto y humo saliendo del mismo. Mucha gente, entre los dos vehículos, y las compuertas de las bodegas abiertas. Frenamos y nadie me comunicaba nada, no sabía si había llegado o no el momento de conocer el tan ansiado bus. Rosa, (la única local que hablaba ingles), me comunica que efectivamente estábamos en presencia del bus prometido.
Me acerco a la bodega para dejar mi mochila , pero no había lugar. La situación era la siguiente, uno de los colectivos se había roto y todos los pasajeros se estaban cambiando al otro, incluido todo el equipaje. El problema era que una mujer tenía una asombrosa cantidad de bolsas de verduras que llevaba a Yangon, probablemente al mercado para vender, con lo cuál ocupaba casi la totalidad de la bodega. Si, las verduras ocupaban todo el espacio.

La única opción que quedaba era meter las valijas en la última fila de asientos libres, yo estaba en la penúltima fila. Luego de un esfuerzo arquitectónico por acomodar todas las valijas en el fondo, el bus finalmente arrancó rumbo a Yangon.

Arrancaba un nuevo envión…

Reflexiones Sobre La Diversidad – Caminando Por Kuala Lumpur

Estábamos en Kuala Lumpur, mi amigo y compañero de viaje Kevin había llegado desde Singapur y nos encontrábamos allí para continuar el periplo en dirección norte.
Luego de varios días recorriendo la ciudad más poblada de Malasia estábamos listos para emprender viaje hacia la “capital de la comida callejera”, la isla de Penang.

En esos días en Kuala Lumpur pudimos entre otras cosas apreciar la mixtura cultural que se extiende entre casi dos millones de habitantes de la ciudad y el país. Kuala Lumpur se encuentra en el estado de Selangor, y entre otras cosas es la residencia oficial del rey de Malasia. Me resultó impactante la ciudad desde el primer encuentro, una amalgama por momentos caótica en donde conviven la cultura malaya, china e hindú. Ciudad moderna que bien podría confundirse de noche con un escenario futurista de Blade Runner. A estas alturas el movimiento constante que se vive entre este tipo de ciudades en Asia ya no me sorprendía demasiado, pero me impactó la manifiesta diversidad que se puede apreciar caminando en sus calles.

Me había hospedado en el barrio Chino y allí conocí a Chas, un joven oriundo de la ciudad de Malaca, (Sur de Malasia) fanático del futbol y especialmente orgulloso de su equipo local el Melaka United FC. De manera muy generosa me aconsejó lugares para visitar y un par de noches salimos a comer por el barrio chino con otros amigos. En una de esas noches me contó sobre la presencia de la religión islámica en las decisiones del estado, respaldado por la amplia mayoría musulmana que habita a lo largo y ancho del país. A pesar de la mixtura cultural y religiosa en la ciudad, la predominancia islámica es evidente.

Sin embargo cerca de Kula Lumpur se encuentra uno de los santuarios de la cultura Tamil mas importantes afuera de India, Las Cuevas de Batu, dedicada a Muringan (Señor de la Guerra, hijo de Paravati y Shiva, hermano de Ganesha). Escenarios tan impactantes como este no pueden sino demostrar el complejo entramado histórico que han vivido estas sociedades a lo largo de siglos de historia. Cientos de turistas, viajeros, y fieles de todo el mundo acuden cada año a este lugar impresionante que con escalones teñidos de colores nos indican el camino al santuario custodiado por la inmensa estatua del dios Murugan. Ciertamente una experiencia alucinante, no solo desde un punto de vista arquitectónico sino por la experiencia sensorial del contexto, palomas revoloteando los puestos de comida aledaños, fieles perfumados y exaltados por llegar al templo, turistas y selfies por doquier.

Mi experiencia como viajero siempre está sujeta a una comprensión subjetiva de la experiencia directa con el entorno y con las personas con las que me voy cruzando en el trayecto. Gracias a poder hablar y conocer el otro lado de las vivencias locales es que puedo transmitir los recuerdos de mis pasos por ese camino.  

En este sentido también me dejo llevar por el impacto visual que tiene una ciudad como Kuala Lumpur en donde el orgullo argentino me alborota cuando me enfrento, por primera vez, a las majestuosas Torres Petronas diseñadas por el arquitecto Argentino Cesar Peli, unas Torres Gemelas de 452 metros con una base de estrella islámica, (representación del orden y la armonía). El Impacto visual es increíble desde todos los rincones.


Por otro lado, no puedo obviar imágenes de grandes ratas deambulando por la noche en las calles del centro o la gente durmiendo en algunos bancos de plazas y parques. El Todo conforma esa experiencia de mi paso por el lugar, este me va impactando de diferentes formas, me hace reflexionar y me hace tener no sólo una visión sesgada por el análisis de las partes sino por el conjunto de lo que me voy encontrando.

La complejidad de estos lugares,  el entramado histórico que les conforma, no me hace sino reflexionar sobre la diversidad y la construcción de un ideal de vida basado en estándares occidentales impregnados por la riqueza y pluralidad de diferentes culturas orientales que se entremezclan en una región específica del globo.

Es interesante pensar el cómo se han ido estableciendo y construyendo las sociedades alrededor del mundo a lo largo de los años. Por más diversos que sean los intereses, al fin de cuentas siempre buscando el poder establecerse en un espacio de tierra que los aloje y los albergue. Trabajo, clima, religión, familia son algunas de las variantes que van forjando un sentido de movimiento y, luego, el establecimiento en ciertos rincones del planeta. Es increíble pero esto que sucede en Kuala Lumpur se repite en otras latitudes de manera similar, las grandes metrópolis son testigo de esto.

En estos días que corren creo fundamental pensar y finalmente entender que somos simplemente conglomerados humanos con particularidades y subjetividades diferentes. Como especie estamos predispuestos a forjarnos en varios sentidos de identidad, en base a la capacidad de supervivencia que vayamos teniendo en los diferentes lugares y tiempos históricos que recorremos como raza humana. En este sentido me parece interesante reflexionar sobre estos lugares en donde se amoldan formas de pensar, creer y vivir distintas en las que el ser humano claramente esta sujeto a la forma de identidad con el otro, y en esa conjunción va formando su propia subjetividad individual y colectiva.

Absolutamente todos en esta tierra somos producto de un movimiento que se forjó en algún momento en el tiempo por nuestros ancestros. Y esa capacidad de movernos primero y adaptarnos después nos formó como seres humanos sociales, migrantes, nómades y a la vez sedentarios temporales en la línea de tiempo de la existencia humana. Por otro lado la empatía hacia el otro debió ser parte de ese proceso para un buen entendimiento con los demás y así poder recorrer el sendero de la vida de la manera más afectuosa posible. No hay lugar para la discriminación, la segregación o la construcción de un otro “malo” si en la base del entendimiento está el saberse parte de un todo que nos define en nuestras raíces más profundas. Este entendimiento es fundamental pensarlo como algo que nos afecta y al cual afectamos con nuestras decisiones individuales y colectivas.

Lo bueno de las experiencias viajeras si se les sabe sustraer la esencia a través de su transmisión y reflexión, es que nos permite re pensarnos en lo que somos hoy como individuos y en lo que nos toca vivir en el presente donde sea que nos encontremos. A partir de ahí forjar nuevos sentidos de identidad y comprensión del otro y de uno mismo.

Por la libertad de los pueblos, la justicia de las opresiones y la diversidad como un eje de construcción de la realidad.

«La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes. Estamos atrapados en una red ineludible de mutualidad, atados en una única prenda del destino. Lo que afecta a uno directamente, afecta a todos indirectamente” Martin Luther King

Martin Luther King – Carta Abierta desde la Cárcel de Birmingham

El Templo de la Cueva del Tigre | Recomendaciones para Escalar un Buda

Estatua de Buda se alza sobre la cima de la montaña en el Templo de la Cueva del Tigre, Krabi, Tailandia- Fotografías Marcos Sanzano

Luego de meditar abrí los ojos, el sol me impactaba de frente y una gigantesca imagen de Buda me interpelaba. Estaba en el Templo de la Cueva del Tigre (Wat Tham Suea), – Construido en 1975 luego de que un monje Vipassana fuera a meditar a la cueva y viera tigres alrededor.

El ascenso cuenta con 1260 escalones para llegar al templo budista que se encuentra en la cima de la montaña. Muchos de ellos superan en más del doble el tamaño de un escalón tradicional.

El Templo de la Cueva del Tigre se erige en la cima de una montaña al noreste de la ciudad de Krabi. En la base de la montaña podemos ver esculturas, templos budistas y taoístas custodiados por monos que no dejan de aproximarse. Al comenzar a subir hay advertencias de la altitud y la cantidad de tiempo y escalones requeridos para poder llegar al santuario.

Aquí mis «Recomendaciones» para Escalar un Buda

Primero y antes que nada llevar la mochila vacía, o al menos liviana. Siempre es difícil trepar con mucho equipaje y es preciso deshacerse de lo más pesado, a veces la carga está en la mochila, a veces en lo que está adentro, y como en la vida misma a veces son nuestros pensamientos o prejuicios los que pesan. Lo que creemos esencial a veces se vuelve lo más pesado y nos impide avanzar en el camino hacia la cima.

Viajando se experimentan este tipo de sensaciones, si se las sabe apreciar, hay que hacerlas trascender, contemplar la riqueza de ver que cada escalón, cada colina, y cada obstáculo es el camino a recorrer. Ir paso a paso, una cosa a la vez, que no nos abrume la montaña que se nos avecina sino presenciar cada paso como un estado divino del devenir.

Y en ese esfuerzo es fundamental crearse el hábito de no identificarse con lo que la cabeza nos dice de nuestra condición, del momento en que estamos en la montaña y de lo que somos, porque somos algo más que eso. Nuestras actitudes van camino hacia ese destino incierto en donde las circunstancias nos van moldeando pero a la vez sermoneando a escapar y encontrar otros caminos alternativos al que veníamos recorriendo. En la montaña el camino es hacia arriba.

En este intento por subir, uno se cansa, se confunde y a veces hasta se cree dueño de la verdad que nos enreda en conceptos erróneos impidiéndonos subir la próxima colina y así el recorrido se hace más confuso, más arduo. Sin embargo todo esto es necesario para experimentar el camino plenamente.
 

Escalando el Templo de la cueva del Tigre, o mejor dicho, después de hacerlo, me di cuenta de la importancia de cargar con pocas cosas, de que lo esencial es escaso y que lo escaso es a veces fundamental. Quizás lo único que hace falta es la filosofía de saberse libre de estados mentales y físicos impermanentes.

“Si no posees nada, busca la filosofía antes que cualquier otro bien” 

SENECA

Avanzando por la ladera de la montaña sentía la humedad y el calor penetrar mis sentidos, la transpiración se hacía presente en ese andar y a pesar del poco equipaje el caminar por momentos era impreciso.  

Finalmente me di con la suerte de poder llegar y admirar el majestuoso Buda en la cima de la montaña. Había llegado a la cima luego de muchos escalones pisados. No me había dado cuenta pero varias subjetividades se desplazaban y un nuevo equilibro transitorio se vislumbraba. O quizás era otro estado, una transformación del espíritu o tan solo una nueva forma de lo que no tiene forma, lo que está adentro.

Al llegar a la cima y recostarme bajo el inmenso Buda, el sol me conmovió con su presencia y no pude sino dejarme suspender en un estado meditativo, de a poco iba viendo como llovían momentos perecederos de un yo que se deshacía entre la humedad de la montaña.  A la distancia se avecinaba una tormenta, por el momento todo era luz y solo podía ver eso.

El Buda estaba ahí, gigantesco, solemne y taciturno en la punta de la montaña, la fuerza de la imagen, del espacio y de la experiencia se potenciaron con el entendimiento de la experiencia interna que a igual que la figura estaban enclavados en el presente.

Luego de meditar en la punta de la montaña la imagen del Buda me exhortaba a indagar en lo más recóndito de mi ser, quizás la pregunta en realidad era ¿cómo podía «escalarme»?

¿Qué cómo escalar a un Buda? No lo sé.

Quizás dejando un estado por otro, cambiando de plano, soltando equipaje y convirtiéndose en otra faceta de lo uniforme que nos conforma, la verdad es que no lo sé.
Solo puedo decir que recuerdo que al subir un escalón a la vez lo liviano se hizo esencial y lo libre necesario.

Solo me quedaba seguir, siempre seguir.

¿Que otra cosa sino?

Atrapados en Yangón

Atrapados en Yangón

Y un buen día llegamos a Yangón, la ciudad más grande de Myanmar. Arribamos unos día antes del Festival Thadingyut, el segundo festival más importante del país, también conocido como el festival de las luces. Este festival tiene lugar en el día de la luna llena del mes del calendario lunar de Birmania.  Es una celebración del descenso de Buddha del cielo después de recitar el Abhidhamma a su madre, Maya, quien renació en el cielo.

Sabíamos de la importancia de este evento, de hecho era una de las motivaciones para visitar el país en esta época. Lo que no sabíamos era la intensidad con la que se lo vivía y el particular detalle de que es calendario de fiestas y asuetos por lo que todos lo lugareños utilizan este momento para viajar y celebrar de diversas formas en lugares variados. La aglomeración se hace visible en cada rincón, había movimiento y caos pero a la vez una vital y abundante energía circulaba por las calles previo a la festividad.

Llegamos con la intención de recorrer la ciudad sólo por unos días,  y nos encontramos con el panorama de no poder trasladarnos por la falta de transporte público, que saturado por la demanda hizo imposible el poder encontrar un medio de transporte para salir de la ciudad.

Luego de idas y vueltas decidimos finalmente quedarnos varios días más hasta que pasara el festival y luego continuar nuestro periplo.

Estábamos atrapados en Yangón.

Al pasar el tiempo nos fuimos dando cuenta de que estábamos conociendo mejor el lugar ya que ni pensábamos cómo ubicarnos y caminábamos como locales entre medio de callejones, avenidas y pagodas.  

De esta manera comenzó el lento descubrimiento de Yangón.

Ciudad llena de vida, con innumerables templos y pagodas, es una de las aglomeraciones más diversas del país. A pesar de la predominancia budista a lo largo del territorio, aquí es posible identificar un barrio musulmán con mezquitas, una sinagoga e iglesias católicas.
Además es interesante ver la disposición de la ciudad que contrariamente con el resto del país se erige como una urbe en desarrollo con centros comerciales, cadenas de comida, vestimenta, restaurantes y bares. A pesar de esto todavía es posible ver cómo los edificios dejan entrever vestigios de la época colonial inglesa, coloridos edificios algo despintados se aprecian entre medio de los atareados cables que cuelgan de las paredes y postes.

El movimiento forma parte esencial de la vida de Yangón, ya sea para trasladarse a la isla de Dala en ferry o para moverse entre sus barrios en transporte público; en tren, automóvil o caminando, la gente está en movimiento, las calles tienen vida.

Una vez que se penetra un poco más en la ciudad es posible apreciar pequeños detalles escondidos en el día a día de la escena Birmana. Tuve la oportunidad de caminar por diversos rincones, callejuelas, ver escuelas en plena actividad, cruzar a la Aldea de Dala en ferri con los locales, recorrer las tierras aledañas a la ciudad en el tren circular, comer en mercados, meditar en templos y pagodas.

El estar “preso” en un solo lugar me hizo reflexionar sobre la situación que estábamos viviendo, el escenario era ese, solo nos quedaba aceptar y afrontar la realidad que nos tocaba vivir. Teníamos que esperar hasta que pasara el Festival para poder seguir el periplo.
No puedo dejar de pensar en la similitud con el curso de los eventos que nos toca vivir hoy a nivel global. El encierro, el tener que quedarse en un solo lugar.

El no poder trasladarse, recorrer, moverse, es un impedimento que no debería abstraernos de conocer con detalle lo que está siendo. Es necesario que en nuestro caso actual nos observemos a nosotros mismos, al interior de ese abismo de no saber qué nos depara el mañana, pero la virtud se esconde en el detalle de sabernos vivos y consientes en el momento presente.

Tal cual experimenté en ese momento en Birmania, la experiencia debía pasar por otro lado, apreciar lo que era desde la contemplación y el agradecimiento del momento que estaba siendo y no volvería a ser. Y así fue.
Gracias a esta suerte  de ejercicio conciencie me vi inmerso en estados contemplativos de profunda conexión con los lugares y la gente.

Todavía recuerdo las cientos de velas prenderse al atardecer en el medio de la Pagoda Shwedagon (la más grande del país), al mismo tiempo que los rosas del atardecer se entremezclaban con los dorados irradiados por la gigantesca stupa.

Siempre vuelvo a lo mismo y hablo de esos instantes que son los que quedan de los viajes, esos detalles que permanecen por alguna razón. Quizás se quedan ahí por entendimiento y ponderación de la razón o quizás por una consciencia presente que se ilumina por un segundo y nos permite acceder a la experiencia de una manera más entera, más real.

La paz, la quietud de esos atisbos son necesarios hacerlos presentes en nuestra vida. Esta no es más que una forma de recordarme estos instantes a mí mismo para aprender a acceder a la realidad de una manera más substancial y que el presente se haga eterno en ese entendimiento.

Quiero demostrarme la capacidad para observar lo desconocido, ya sea viajando en un tren por medio de Birmania o encerrado en el medio de una pandemia mundial. El verdadero viaje siempre será otro, el interno y para todos lo mismo.

Pienso que aquella que nos quedamos atascados en Yangón no estuvo tan mal, al fin de cuentas allí nació la comprensión de que el único viaje que no se acaba nunca es el de mirarse para adentro, en la quietud del ahora.

Hoy me lo recuerdo.

Conectando en Dala

Un día caminando por Yangón decidí desviarme de las calles del barrio chino que me alojaba y fui hasta la rivera del río. La aglomeración de gente ya se veía, estaban todos esperando el ferri que cruzaba hacia el otro lado, iban hacia el poblado de Dala. Ya sabía de su existencia y me dispuse cruzar para conocer ese otro costado de la realidad birmana.

El ferri es el medio de transporte usado por cientos de birmanos que trabajan en Yangón y viven en Dala. Formada por cincuenta villas y rodeada de ríos, es un área rural subdesarrollada a pesar de su cercanía con la ciudad más importante del país. Es importante mencionar que parte de esta población se vio perjudicada por el tsunami de 2004, esto sumado a la dificultosa conexión con la ciudad por la falta de puentes fue creando condiciones poco favorables para la región.

En este otro lado se pueden ver principalmente villas de pescadores, aldeas de bamboo, pagodas, monasterios budistas y mercados de comida.
Tan rápido como llegué a pisar tierra me encontré con un joven que me ofrecía llevarme a conocer la zona, accedí y charlamos un poco de Dala y Yangón.
Antes de caminar, me quedé mirando un partido de Chinlone en la vera del río, este es el deporte nacional de Myanmar, característico por las destrezas atléticas de los participantes que haciendo grandes saltos y piruetas en el aire logran hacer pasar una pelota hecha de Rattan (Caña de Indias) por arriba de una red. Después de fotografiar la escena me propuse caminar y adentrarme en la región.           

Una de las primeras cosas que fuí a conocer con mi guía fue un monasterio, al contrario de lo que sucede en Yangón aquí se ingresa sin costo alguno a las pagodas. Pude saludar a los monjes budistas que estaban trabajando la tierra en el lugar y seguimos el recorrido.

Luego fuimos directo a la aldea de bamboo, un poblado un tanto alejado del caserío principal de Dala, una de las zonas más afectadas por el tsunami. Uno de los primeros lugares que pude ver fue el cementerio en donde yacen gran parte de las víctimas de aquel evento que todavía tiene sus cicatrices presentes.

Seguí caminando y presencié nuevamente otra escena de lugareños jugando Chinloe, luego fuimos a recorrer el lugar. La gente me saludaba amablemente, algunos un tanto extrañados, evidentemente no recibían muchas visitas en esta zona. Me crucé con muchas familias disfrutando el sol, trabajando, jugando o simplemente estando en el lugar, todo lo que había para ellos era eso, su aldea. Los niños correteaban y se acercaban, miraban mi cámara y yo les dejaba usar el equipo para que vean mientras posaban y hacían morisquetas divertidas. La espontaneidad del momento fluyó en el ambiente y en la conexión humana que se generó inclusive sin la posibilidad de comunicación lingüística pero si afectiva.

Luego de jugar con los niños y hacer el registro fotográfico del lugar seguimos rumbo al mercado de alimentos a donde concurren todos los lugareños para abastecerse de comida para el día o la semana. Los perfumes y colores tomaban protagonismo en otra escena típica en la película que es Myanmar.

A pesar de las marcadas diferencias, de la imposibilidad de comunicarse o simplemente por la lejanía preestablecida con otras formas de entendimiento de la realidad, pienso que si se hace un esfuerzo se puede conectar y generar esos vínculos mientras uno se mueve, el movimiento al fin y al cabo es de la cabeza, nada más.

Creo que en algún momento volverá la posibilidad de proyectar esos lazos mientras el movimiento del viaje sea una constante en la mente y mientras la realidad se vaya amoldando a esa comprensión del otro, y así poder reír, llorar, emocionarse, entenderse, vivir.
Mientras tanto queda generarlos desde el entendimiento mutuo y de la comprensión real de la situación que todos experimentamos hoy como un todo conectado.

Recuerdo que al volver atardecería sobre el río Yangón, el sol caía sobre el horizonte y yo lo vivía como una despedida de aquella ciudad que me alojó durante tanto tiempo, en breve con amigos viajeros partiríamos en búsqueda de otras tierras mágicas y sagradas.

La fuerza del viaje seguía latente sin embargo en el horizonte ya se comenzaban a divisar trazos de escritos por esbozarse para un día como este poder compartirlos y finalmente terminar el viaje.

Comienza la Ceremonia

Salí desde Auckland a Bali un Martes por la madrugada. Por ese entonces yo estaba visitando una amiga kiwi que, amablemente, me alojaba los últimos días antes de mi travesía, por lo que tuve que salir bien temprano.

A veces uno se da cuenta del impacto que ciertas experiencias tienen en uno en el momento exacto en que suceden. Algo así me aconteció apenas llegué a mi primer destino, Bali. Al llegar a esta isla de Indonesia los colores, la música y la tradición hindú-balinés calaron profundamente en mi entendimiento del todo. Especialmente desde mi visión occidental-latina que, cargada de pre conceptos, pero a la vez dispuesta a dejarse llevar por el camino, fue adentrándose en las diferentes culturas de esa parte del mundo.

Hoy, en tiempos de pandemia, en dónde las fronteras están a la vez cerradas y desdibujadas a la vez, parece fácil reflexionar sobre la conexión de todo con el todo. Creo que la idea de Aldea Global se comprende recién hoy un poco más, manifestada en hechos concretos en donde la realidad nos sacude inesperadamente.

Sin embargo, ya en ese entonces y por algún motivo extraño, logré experimentar una sensación de gratitud al hacerme consciente de la inmensidad del mundo y darme cuenta de que las lejanías y diferencias eran reales pero ficticias en su esencia.

De esta manera me adentré en esta isla empapada de templos hindúes, en donde la religión y la espiritualidad atraviesan las distintas aristas del entramado social. Todo esto sin dejar de lado el contexto de efervescente consumismo del lugar, que acelerado por el creciente turismo de países vecinos como Australia van re-moldeando la sociedad.

Todavía recuerdo el preciso momento en que ese impacto se “materializó” en consciencia pura, fueron apenas unos segundos, yo iba en una moto, mi chofer designado, Diron, manejaba y yo detrás iba admirando lo que veía.

Estábamos yendo al templo de Uluwuatu a ver la ceremonia del Kecak (Una antiguo Baile-Ritual tradicional en Bali).

Ese momento de realización consciente se podría decir que fue una suerte de premonición iniciática de lo que sería mi periplo por el sudeste asiático. Una moto andando a toda velocidad atravesando una ciudad condensaba en tráfico, personas, vehículos y bocinas, que se mezclaban en una humedad omnipresente que todo lo envolvía.

La aceleración ondulante de la moto esquivaba todo con destreza en un movimiento cuasi orgánico con las otras piezas de la trama vehicular. Pero era más que eso, mientras atravesábamos la isla convergíamos con la extraordinaria exaltación de todos los sentidos.

Allí estaban, gigantes estatuas y monumentos de dioses hindúes que decoraban diferentes esquinas e intersecciones del camino, mientras tanto el movimiento lo barría todo. La humedad nos perseguía mientras los perfumes de los mercados y puestos de comida callejera se adentraban en mi cuerpo. Yo intentaba retener la esencia mística del momento iniciático, de ese instante sagrado de felicidad plena, un instante efímero en donde se circunscribían acciones de una escena surrealista.

Un mar de motocicletas fluían en varias direcciones, éramos solo una gota más en ese océano de movimiento. De repente pude ver como una enorme estatua del héroe hindú Arjuna nos escoltaba y apuntaba con su arco en dirección al sol que bajaba lentamente por el horizonte mientras un avión aterrizaba traspasando el rojo de la tarde. La irreal escena transcurría en el devenir mientras la moto atravesaba el camino y llegábamos finalmente al templo de Uluwuatu.

El sol ya caía sobre el mar y una sensación de contemplación plena se cristalizó. Y ahí estaba yo, por primera vez experimentando la vivencia del viaje en un entendimiento de estos momentos como atisbos previos a relatos que se convertirían en historias, como esta.

La ceremonia comenzaba.