Transitando mi norte cordobés me veo envuelto en contradicciones internas enraizadas en una profunda consciencia de identidad. Al mismo tiempo me veo reflejado en los sedimentos del suelo, en la sequedad del ambiente y en la profunda y secreta sabiduría de sus habitantes. Al mismo tiempo veo que existen saberes ancestrales a veces cotidianos y otros extraordinarios, oralidad y tradición fijada en senderos aislados por el viento.
En el camino que recorro voy dilucidando los esteros del paisaje árido, de los arroyos escondidos, de las sierras y del mar de sal, y en ese trayecto puedo sentirme parte del paisaje que me envuelve. Al mismo tiempo y al poder pensarme parte, también me despego de la posibilidad de aferrarme para un día poder volver y contextualizar lo enrevesado y bello de una zona todavía escondida, una porción de tierra que sobrevive al tiempo.
En esos rincones se encuentra lo extraordinario, lo bello de lo único, de lo diferente, dicen que hay que atreverse a conocer lo desconocido y para ello hay que moverse, abrirse y vaciarse para luego poder llenarse de lo nuevo.
Hay vestigios de un pasado todavía presente en cicatrices, en miradas y en una historia actualizada en la huella cotidiana.
Camino para descubrir.
Avanzo y veo un horizonte que no termina.

“Concibe sin cesar el mundo como un ser viviente único, que contiene una sola sustancia y un alma única, y cómo todo se refiere a una sola facultad de sentir, la suya, y cómo todo lo hace con un sólo impulso, y cómo todo es responsable solidariamente de todo lo que acontece, y cuál es la trama y contextura”

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