Enviones de la Vida – Adiós a Myanmar (Parte II)

Cuarto Envión.

Luego de varios cambios de transporte, muchas horas en el camino y colectivos rotos estábamos nuevamente rodando hacia Yangon.

El nuevo bus era normal, no muy grande, tengo que admitir que por tener todas esas valijas alrededor estaba mas cómodo en la mini van. No había mucho espacio pero no me importaba demasiado, con estos últimos viajes las expectativas caen drásticamente y uno termina queriendo simplemente llegar a destino. Al cabo de una hora de viaje una valija me cae en la cabeza, la acomodo nuevamente, unos niños me miran y se ríen. Extrañaba un poco la traffic.

Seguimos rumbo a Yangon, otra hora de viaje, y un olor raro comienza a entrar por las ventanillas; venía del motor. La gente se tapa la nariz y el hombre que se sentaba a mi lado le reclama al chofer. Frenamos, nos bajamos y comienzan a alborotarse las cosas, como dice un amigo, se ponía «picante».

El conductor, sin interés alguno por solucionar el problema, pide a los pasajeros que suban de nuevo, que todo estaba bien. Un grupo comienza a quejarse y reclamar que en esas condiciones no se podía viajar, algo le pasaba al motor y adentro del vehículo no se podía respirar. Yo no entendía mucho, pero suponía que el chofer quería seguir andando y los pasajeros se negaban a hacerlo. Estaba anocheciendo y Rosa se acerca y me explica un poco la situación confirmando mis sospechas, entonces me dice que no me preocupe que ella se iba asegurar que llegara a Yangón,  un taxista amigo nos podía buscar pero mas cerca de Yangón por lo que teníamos que seguir varios kilómetros más para esperarlo.

Esperamos al costado de la ruta junto a otros pasajeros hasta que llegó un colectivo de otra línea que iba en esa dirección. Rosa, su hija Melody y otros pasajeros nos subimos a este nuevo bus, estaba atestado de pasajeros pero nos dejaron viajar igual, nos pusieron bancas de plástico en el pasillo para que nos sentemos el resto del trayecto. Los locales me miraban extrañados por ver un extranjero en esa situación, algunos sonreían y yo sabía que eso era lo que buscaba de Myanmar y no podía dejar de sonreír.

Todo era demasiado gracioso, yo no sabía si llegaría a destino, tenía que confiar en la ayuda de Rosa y su hija para llegar a tomar el avión a tiempo, ah, y sin casi nada de dinero en el bolsillo.

Ultimo Envión

Seguimos rumbo en el nuevo transporte por unas horas más hasta llegar a una parada en el medio de la nada y en plena oscuridad. Rosa me dice que teníamos que bajarnos.  Al lado de la ruta había un auto, y unas personas hablando entre ellas, el chofer se baja y Rosa duda un poco en subirse a ese auto o no. No era el taxi que había pedido y ese no era el lugar a donde ella esperaba ver a su amigo. Luego de discutir con el chofer del bus Rosa finalmente me indica que subamos a ese vehículo, yo claramente no entendía nada.

Subimos a este nuevo auto en el medio de la nada y en plena oscuridad, íbamos Rosa, Melody y yo. El auto nos llevaba a otro lugar, otra parada de colectivos en donde el amigo de Rosa nos buscaría, luego de viajar una media hora más llegamos a la parada donde el amigo de Rosa nos buscaría.

Así fue como llegamos a la última parada, habían pasado 17 horas y yo todavía no estaba en Yangón. Luego de esperar unos minutos Rosa me pregunta si quería comer algo, (había algunos lugares para comer en la mini estación de transporte), me negué por no tener mucho dinero y no sabía si tendría que usarlo después. Rosa me insiste, me invita la cena y nos sentamos a comer. Cenamos un plato típico de la zona y conversamos amenamente. Rosa me contó sobre su empresa turística en Yangón y Melody me contó su sueño de viajar y estudiar en el exterior, yo estaba feliz de poder compartir una cena con ellos, esa familia de Myanmar me había salvado del flujo constante de eventos desafortunados que se fueron interponiendo en el camino, pero como dicen «el obstáculo es el camino». 

Luego de intercambiar contactos y esperar un poco finalmente nos buscó el amigo de Rosa, me dijeron que no me preocupara que me llevarían al aeropuerto, era más de lo que esperaba. Recorrimos el último trecho en un par de horas y a la madrugada llegamos al aeropuerto, me dejaron en la mismísima puerta de embarque. El envión había sido perfecto, a tiempo para mi último vuelo despidiéndome de Myanmar y de esa hermosa familia.

Me costaba entender lo extraordinario de ese último día.

Envión de Fe

Recuerdo esta gran historia de despedida de un país que me cautivó al tiempo que me dejó fluir por sus tierras y sonreír entre medio de la gente mientras respiraba dentro de pagodas sagradas. Esa “cuestión de fe del bus”, de lo prometido, de lo que vendrá, de la promesa futura de algo mejor, sin embargo ese camino recorrido era la promesa, era la promesa de una aventura que seguía y cumplía expectativas de caminar junto a seres extraordinarios en latitudes ajenas.

Pienso que a veces es bueno dejarse llevar en el camino, no interponer resistencia al flujo constante de eventos temporales que nos van atravesando, dejar que esa energía se haga carne en nuestro cuerpo y que la presencia en el momento sea absoluta y sagrada.

Hoy creo que ese big bus si existió y lo conformaban esas personas que me fui cruzando en el camino y fueron creando el trayecto y me modificaron en el viaje interno que sigue hasta hoy.

Volé finalmente a Bali y luego a Nueva Zelanda para terminar una gran etapa, seguía impulsado por enviones filosóficos que hasta el día de hoy siguen ofreciendo profundos cambios y grandes crecimientos.

Enviones de la Vida – Adiós Myanmar (Parte I)

Aquí, una serie de eventos des-afortunados que me fueron sucediendo en el medio de un entreverado viaje para volver a Yangon, ciudad donde debía tomar mi último vuelo a Bali.

Así me despedía de Myanmar.

Yo estaba en Inle Lake o Lago Inle, una ciudad a unos 600 kms de Yangon y solo contaba con los últimos 10000 Kyats (unos seis dólares) ni un billete mas ni uno menos. Inle Lake está ubicada en la zona central de Myanmar en el Estado de Shan, el Lago Inle es el segundo lago en extensión y uno de los más altos del país. Sus aguas forman canales entre las zonas de cultivo. Se pueden encontrar jardines, casas e inclusive un mercado flotante donde los turistas y locales acceden a diversos productos. Es típico encontrar en medio de sus aguas a pescadores haciendo equilibrio en la punta de la barcaza, sosteniéndose con un pie y con el otro envolviendo la red para atrapar los peces.
Al estar rodeado de más de doscientas aldeas y poblados también es posible ver como se transportan los productos y cómo los trabajadores recorren los caminos y rutas hacia el lago y los poblados.

Luego de experimentar la alucinante experiencia de vivir en esta región del país, me encaminé hacia lo que sería el final de mi periplo por Myanmar y el Sudeste Asiático.
Como sabía que los tiempos de viaje en Myanmar eran diferentes tenía que tomar las precauciones pertinentes. Saqué un boleto de bus matutino con casi 24 horas de antelación a mi vuelo, (8 de la mañana del día siguiente) Así empezó todo:

Primer envión.

Me pasó a buscar un pequeño camión, típico en Myanmar, que acostumbra a trasladar pasajeros en distancias cortas. Me sorprendió algo ver un transporte tan chico para un viaje tan largo. Sin embargo el conductor notando mi consternación me dijo que ese iba a ser un viaje corto de unos minutos hasta la parada del “bus grande”.
Al llegar al destino me indicó un lugar a donde sentarme, era una suerte de kiosco al lado de la ruta que también funcionaba como parada de transporte. Dos monjes budistas me saludaron y hablamos un poco, uno de ellos me contó que era de Inle Lake y que estaba viajando a Yangon por unos días.

Segundo envión.

El colectivo se demoró unos cuarenta minutos pero finalmente llegó, no se podría decir que era un colectivo grande sino mas bien una van o traffic con pocos asientos. A estas alturas del viaje poco me interesaba el tipo o tamaño de transporte, más si me interesaba llegar a destino.

Junto con otros locales subimos y el conductor me comentó, en un inglés básico, que luego cambiaríamos a otro bus más grande. A la segunda promesa de un “bus más grande” comencé a encontrarle el costado humorístico de la situación, a la distancia podía entrever lo que se aproximaba, la película se resumía en: Un viaje larguísimo, casi nada de dinero y un avión que se iba en unas horas. Lo gracioso de la situación era esa promesa de algo mejor, la situación se volvió una cuestión de fe, algo casi religioso, el “Bus Prometido” que vendrá.

Luego de un par de horas en el trayecto, me di cuenta que ese famoso cambio a otro colectivo tardaría en llegar si es que llegaba. Y me di cuenta de esto cuando luego de dos horas de viaje frenamos en un comedor al lado del camino y los pasajeros comenzaron a almorzar (diez y media de la mañana). Un poco desconcertado me senté en una mesa sin intención de comer. Un joven local me preguntó si estaba todo bien, le dije que si pero que no entendía si el tan prometido colectivo llegaría, ya comenzaba a perder la fe en el «Bus Prometido». Me dijeron que cambiaríamos de transporte pero que tendríamos que seguir viaje unas cuatro horas mas en la misma minivan, la fe disminuía.
Luego de tres horas, una mujer con su hija comienzan a ofuscarse reclamándole al chofer y hasta llaman a la empresa para quejarse de la situación, el bus grande seguía sin aparecer.
Frenamos en otro comedor, algunos almorzamos y seguimos viaje. Al arrancar de nuevo la mujer que se quejaba me compartió un postre típico de Myanmar, me dice que se llama Rosa y me presenta a su hija Melody, hablamos un poco y me dice que estaba muy enojada con la empresa.

Tercer Envión

El trayecto que siguió fue complicado por el sinuoso camino montañoso de la zona, a esto se le sumaba el mal estado de la ruta. Inesperadamente nos cruzamos con otro bus de la empresa, mucho más grande y moderno, el chofer de la traffic le toca bocina y hace señas para que frene pero sin éxito, entonces se estaciona a un lado del camino y llama a la empresa tratando de comunicarse con el famoso bus grande. Habíamos tenido una experiencia casi espectral del tan nombrado “Bus Grande”.

Seguimos el viaje hasta que luego de dos horas nos topamos con dos colectivos al lado del camino. Uno de ellos con el capó del motor abierto y humo saliendo del mismo. Mucha gente, entre los dos vehículos, y las compuertas de las bodegas abiertas. Frenamos y nadie me comunicaba nada, no sabía si había llegado o no el momento de conocer el tan ansiado bus. Rosa, (la única local que hablaba ingles), me comunica que efectivamente estábamos en presencia del bus prometido.
Me acerco a la bodega para dejar mi mochila , pero no había lugar. La situación era la siguiente, uno de los colectivos se había roto y todos los pasajeros se estaban cambiando al otro, incluido todo el equipaje. El problema era que una mujer tenía una asombrosa cantidad de bolsas de verduras que llevaba a Yangon, probablemente al mercado para vender, con lo cuál ocupaba casi la totalidad de la bodega. Si, las verduras ocupaban todo el espacio.

La única opción que quedaba era meter las valijas en la última fila de asientos libres, yo estaba en la penúltima fila. Luego de un esfuerzo arquitectónico por acomodar todas las valijas en el fondo, el bus finalmente arrancó rumbo a Yangon.

Arrancaba un nuevo envión…

El Templo de la Cueva del Tigre | Recomendaciones para Escalar un Buda

Estatua de Buda se alza sobre la cima de la montaña en el Templo de la Cueva del Tigre, Krabi, Tailandia- Fotografías Marcos Sanzano

Luego de meditar abrí los ojos, el sol me impactaba de frente y una gigantesca imagen de Buda me interpelaba. Estaba en el Templo de la Cueva del Tigre (Wat Tham Suea), – Construido en 1975 luego de que un monje Vipassana fuera a meditar a la cueva y viera tigres alrededor.

El ascenso cuenta con 1260 escalones para llegar al templo budista que se encuentra en la cima de la montaña. Muchos de ellos superan en más del doble el tamaño de un escalón tradicional.

El Templo de la Cueva del Tigre se erige en la cima de una montaña al noreste de la ciudad de Krabi. En la base de la montaña podemos ver esculturas, templos budistas y taoístas custodiados por monos que no dejan de aproximarse. Al comenzar a subir hay advertencias de la altitud y la cantidad de tiempo y escalones requeridos para poder llegar al santuario.

Aquí mis «Recomendaciones» para Escalar un Buda

Primero y antes que nada llevar la mochila vacía, o al menos liviana. Siempre es difícil trepar con mucho equipaje y es preciso deshacerse de lo más pesado, a veces la carga está en la mochila, a veces en lo que está adentro, y como en la vida misma a veces son nuestros pensamientos o prejuicios los que pesan. Lo que creemos esencial a veces se vuelve lo más pesado y nos impide avanzar en el camino hacia la cima.

Viajando se experimentan este tipo de sensaciones, si se las sabe apreciar, hay que hacerlas trascender, contemplar la riqueza de ver que cada escalón, cada colina, y cada obstáculo es el camino a recorrer. Ir paso a paso, una cosa a la vez, que no nos abrume la montaña que se nos avecina sino presenciar cada paso como un estado divino del devenir.

Y en ese esfuerzo es fundamental crearse el hábito de no identificarse con lo que la cabeza nos dice de nuestra condición, del momento en que estamos en la montaña y de lo que somos, porque somos algo más que eso. Nuestras actitudes van camino hacia ese destino incierto en donde las circunstancias nos van moldeando pero a la vez sermoneando a escapar y encontrar otros caminos alternativos al que veníamos recorriendo. En la montaña el camino es hacia arriba.

En este intento por subir, uno se cansa, se confunde y a veces hasta se cree dueño de la verdad que nos enreda en conceptos erróneos impidiéndonos subir la próxima colina y así el recorrido se hace más confuso, más arduo. Sin embargo todo esto es necesario para experimentar el camino plenamente.
 

Escalando el Templo de la cueva del Tigre, o mejor dicho, después de hacerlo, me di cuenta de la importancia de cargar con pocas cosas, de que lo esencial es escaso y que lo escaso es a veces fundamental. Quizás lo único que hace falta es la filosofía de saberse libre de estados mentales y físicos impermanentes.

“Si no posees nada, busca la filosofía antes que cualquier otro bien” 

SENECA

Avanzando por la ladera de la montaña sentía la humedad y el calor penetrar mis sentidos, la transpiración se hacía presente en ese andar y a pesar del poco equipaje el caminar por momentos era impreciso.  

Finalmente me di con la suerte de poder llegar y admirar el majestuoso Buda en la cima de la montaña. Había llegado a la cima luego de muchos escalones pisados. No me había dado cuenta pero varias subjetividades se desplazaban y un nuevo equilibro transitorio se vislumbraba. O quizás era otro estado, una transformación del espíritu o tan solo una nueva forma de lo que no tiene forma, lo que está adentro.

Al llegar a la cima y recostarme bajo el inmenso Buda, el sol me conmovió con su presencia y no pude sino dejarme suspender en un estado meditativo, de a poco iba viendo como llovían momentos perecederos de un yo que se deshacía entre la humedad de la montaña.  A la distancia se avecinaba una tormenta, por el momento todo era luz y solo podía ver eso.

El Buda estaba ahí, gigantesco, solemne y taciturno en la punta de la montaña, la fuerza de la imagen, del espacio y de la experiencia se potenciaron con el entendimiento de la experiencia interna que a igual que la figura estaban enclavados en el presente.

Luego de meditar en la punta de la montaña la imagen del Buda me exhortaba a indagar en lo más recóndito de mi ser, quizás la pregunta en realidad era ¿cómo podía «escalarme»?

¿Qué cómo escalar a un Buda? No lo sé.

Quizás dejando un estado por otro, cambiando de plano, soltando equipaje y convirtiéndose en otra faceta de lo uniforme que nos conforma, la verdad es que no lo sé.
Solo puedo decir que recuerdo que al subir un escalón a la vez lo liviano se hizo esencial y lo libre necesario.

Solo me quedaba seguir, siempre seguir.

¿Que otra cosa sino?

Amores Secos

Amores Secos se aferran a mis pies mientras bajo de la moto eléctrica que me traslada por las pagodas de la antigua ciudad de Bagan. Mientras observo la imagen automáticamente me siento transportado a esa tierra lejana.

Vuelo a través del tiempo, voy recorriendo pequeños senderos de tierra entre maizales y hermosas acacias que rodean las miles de pagodas construidas a lo largo de muchos siglos. Sigo en ese trance atemporal y veo, cuál viajero sin rumbo, cómo giro entre energías sospechosas de magia ancestral.

Me despierto a la madrugada, son las cuatro de la mañana, tengo que asegurarme llegar a tiempo a Bagan Viejo para poder observar el amanecer y ver el nacimiento de un nuevo día sobre las pagodas. Me sorprendió ver tantos viajeros despertando temprano con el mismo plan, y con eso en mente todos salimos en nuestras bicis y motocicletas hacia la explanada.

Debo confesar que un día antes de esto ya había recorrido parte de Bagan Viejo, allí pude ver lo esplendoroso y místico del lugar, más de 3500 templos budistas construidos a lo largo de 25 kilómetros cuadrados.

Bagan fue la antigua capital de Birmania desde los años 1044 hasta el año 1287 y fue centro político, económico y cultural del Reino de Pagan. La zona arqueológica nos obliga a reflexionar sobre su antigüedad ya que las estructuras budistas que nos vamos topando datan de entre 800 y 1000 años de antigüedad.
A pesar de que la ciudad sufrió un terremoto, en Agosto de 2016, la mayoría de sus templos se encuentran en buen estado, sin embargo todavía se pueden ver restauraciones de los templos que fueron afectados.

En este primer día me encontré con un pintor que dibujaba paisajes típicos del lugar, como tantos otros. Los pintores deambulan por el lugar en búsqueda de potenciales compradores de sus obras. Me dijo que me podía indicar un buen lugar para ver el amanecer, me ofrecía mostrarme una pagoda escondida a la que podría subirme y ver el sol asomarse a través de las estupas y templos. Accedí entusiasmado, y a cambio me pidió mostrarme sus pinturas, así fue como lo seguí entre matorrales y caminos muy estrechos hasta que llegamos a un gran maizal que no permitía seguir con la moto, frenamos allí y bajamos.

Nos adentramos en un frondoso camino y luego de cruzar la plantación llegamos al pie de una gran estupa. Me señaló la punta de la estructura y me dijo que había que sacarse el calzado para poder subir por respeto y costumbre religiosa, así lo hicimos y nos trepamos a la cima. Me topé con una fantástica panorámica de pagodas entremezcladas con maleza y maizales que dejaban entrever los miles de santuarios en el horizonte. Luego de sacar algunas fotos me llevó a otro templo y me ofreció sus pinturas, encantado compré una bella panorámica de Bagan Viejo y, bajo una estatua de Buda, el pintor agradeció por la buena fortuna, nos saludamos y no nos volvimos a ver.

Con mucha ingenuidad creí haber localizado el lugar para volver al otro día y así poder ver el amanecer, sin embargo si hay algo que es fácil hacer en este lugar es perderse entre templos, y así fue.

Volvemos al día siguiente, yo seguía en mi moto rumbo a Bagan Viejo y antes que amanezca pensaba en cómo llegar a ese rincón escondido entre maizales, en mi mente estaba la certeza de poder encontrar el sendero y llegando a donde suponía estaba el mismo, me perdí. Lo malo de desorientarse en ese momento era que el sol comenzaba a estibar los primeros rayos de sol en el cielo, me perdería el momento. Me encontré desalentado al ver que los rosas de la hora mágica ya teñían cada rincón a mi alrededor pero decidí seguir con la moto introduciéndome por senderos varios hasta encontrar algo que me recordara dónde estaba. Y en el medio de esa búsqueda frenética de repente escuché una bella voz llamándome desde el cielo.

Alguien podría decir que el escenario místico y espiritual ameritaba la posibilidad de escuchar voces celestiales. Sin embargo la voz era de una bella chica que me llamaba desde lo alto de una pagoda, era un grupo de tres mujeres jóvenes y un chico, todos hacían señas indicándome el camino escondido hacia la pagoda. Rápidamente trepé al templo mientras agradecía la buena fortuna y al llegar a la cima me encontré con el grupo, sonreían de ver mi cara de felicidad por haber subido justo a tiempo. La chica que me indicó el camino era española así como el resto de los jóvenes viajeros, por lo que el encuentro siguió en lengua castellana.

Colores ocres, amarillos, rojos y naranjas ya impregnaban el espectacular lienzo, la imagen era impactante, pagodas, templos y estupas se bañaban en cálidos colores y la abundante maleza que todo lo rodeaba comenzaba lentamente a respirar el día entre humo de chimeneas.
Mirando con mi cámara el espectacular amanecer no pude evitar sentir una paz trascendental que invadía mi cuerpo y mi alma, no pude dejar de sacar fotografías mientras agradecía el momento. La quietud y el silencio del espectáculo eran insuperables, sublimes y mientras registraba el momento comencé a divisar una gran forma redonda elevarse en el horizonte. Si, eran globos aerostáticos que justo ese día y gracias al clima podían volar y nosotros verlos elevarse. Estoy convencido de que ese día hubo un vínculo extraordinario, algún tipo de conexión prodigiosa para que todo se diera, para que esa vivencia se materialice y que la experiencia se transformara en historia, en imágenes y palabras.  

Una foto puede tener una o mil historias detrás, puede ser producto de una emoción, un sentimiento, un acontecimiento, un lugar o un encuentro. Una fotografía nos puede transportar a otro tiempo y lugar, puede hacernos ver los vestigios de realidad que sucedieron en otras épocas. Puede hacernos dar cuenta de la importancia del ahora, puede hacernos reflexionar sobre la condición humana y sobre todo sobre la condición de nuestra conciencia más innata.
Creo que si hay aunque sea algunos momentos de estos en nuestras historias, todo puede elevarse, la vida misma, todo lo que somos y nos pasa, como ese amanecer, ese misterioso momento que me regaló un instante perdido en el tiempo.

Las historias se conforman de eso, de los atisbos de realidad que creemos vivir y experimentar, esas señales van conformando una conglomeración de estados mentales y emocionales y ahí es donde creemos residir como personas. Sin embargo lo preciso es ser capaces de actualizar las formas con las que procesamos la vida que somos y todo en el presente porque es lo único que tenemos y tendremos.

Luego de esa mañana continué mi periplo por todos los templos que pude visitar, entré a decenas de pagodas y medité en algunas, nuevamente me perdía entre santuarios pero a pesar de esto pocas veces me sentí tan libre, tan en paz, nunca me había encontrado tanto.

El día se fue sucediendo lenta y mágicamente, luego los rayos de sol escasearon otra vez y así fue como el día se fue.

Al anochecer noté algo, miré hacia abajo y Los Amores Secos ya no estaban en mis pies.

Conectando en Dala

Un día caminando por Yangón decidí desviarme de las calles del barrio chino que me alojaba y fui hasta la rivera del río. La aglomeración de gente ya se veía, estaban todos esperando el ferri que cruzaba hacia el otro lado, iban hacia el poblado de Dala. Ya sabía de su existencia y me dispuse cruzar para conocer ese otro costado de la realidad birmana.

El ferri es el medio de transporte usado por cientos de birmanos que trabajan en Yangón y viven en Dala. Formada por cincuenta villas y rodeada de ríos, es un área rural subdesarrollada a pesar de su cercanía con la ciudad más importante del país. Es importante mencionar que parte de esta población se vio perjudicada por el tsunami de 2004, esto sumado a la dificultosa conexión con la ciudad por la falta de puentes fue creando condiciones poco favorables para la región.

En este otro lado se pueden ver principalmente villas de pescadores, aldeas de bamboo, pagodas, monasterios budistas y mercados de comida.
Tan rápido como llegué a pisar tierra me encontré con un joven que me ofrecía llevarme a conocer la zona, accedí y charlamos un poco de Dala y Yangón.
Antes de caminar, me quedé mirando un partido de Chinlone en la vera del río, este es el deporte nacional de Myanmar, característico por las destrezas atléticas de los participantes que haciendo grandes saltos y piruetas en el aire logran hacer pasar una pelota hecha de Rattan (Caña de Indias) por arriba de una red. Después de fotografiar la escena me propuse caminar y adentrarme en la región.           

Una de las primeras cosas que fuí a conocer con mi guía fue un monasterio, al contrario de lo que sucede en Yangón aquí se ingresa sin costo alguno a las pagodas. Pude saludar a los monjes budistas que estaban trabajando la tierra en el lugar y seguimos el recorrido.

Luego fuimos directo a la aldea de bamboo, un poblado un tanto alejado del caserío principal de Dala, una de las zonas más afectadas por el tsunami. Uno de los primeros lugares que pude ver fue el cementerio en donde yacen gran parte de las víctimas de aquel evento que todavía tiene sus cicatrices presentes.

Seguí caminando y presencié nuevamente otra escena de lugareños jugando Chinloe, luego fuimos a recorrer el lugar. La gente me saludaba amablemente, algunos un tanto extrañados, evidentemente no recibían muchas visitas en esta zona. Me crucé con muchas familias disfrutando el sol, trabajando, jugando o simplemente estando en el lugar, todo lo que había para ellos era eso, su aldea. Los niños correteaban y se acercaban, miraban mi cámara y yo les dejaba usar el equipo para que vean mientras posaban y hacían morisquetas divertidas. La espontaneidad del momento fluyó en el ambiente y en la conexión humana que se generó inclusive sin la posibilidad de comunicación lingüística pero si afectiva.

Luego de jugar con los niños y hacer el registro fotográfico del lugar seguimos rumbo al mercado de alimentos a donde concurren todos los lugareños para abastecerse de comida para el día o la semana. Los perfumes y colores tomaban protagonismo en otra escena típica en la película que es Myanmar.

A pesar de las marcadas diferencias, de la imposibilidad de comunicarse o simplemente por la lejanía preestablecida con otras formas de entendimiento de la realidad, pienso que si se hace un esfuerzo se puede conectar y generar esos vínculos mientras uno se mueve, el movimiento al fin y al cabo es de la cabeza, nada más.

Creo que en algún momento volverá la posibilidad de proyectar esos lazos mientras el movimiento del viaje sea una constante en la mente y mientras la realidad se vaya amoldando a esa comprensión del otro, y así poder reír, llorar, emocionarse, entenderse, vivir.
Mientras tanto queda generarlos desde el entendimiento mutuo y de la comprensión real de la situación que todos experimentamos hoy como un todo conectado.

Recuerdo que al volver atardecería sobre el río Yangón, el sol caía sobre el horizonte y yo lo vivía como una despedida de aquella ciudad que me alojó durante tanto tiempo, en breve con amigos viajeros partiríamos en búsqueda de otras tierras mágicas y sagradas.

La fuerza del viaje seguía latente sin embargo en el horizonte ya se comenzaban a divisar trazos de escritos por esbozarse para un día como este poder compartirlos y finalmente terminar el viaje.