Me siento y pienso en los senderos a recorrer, luego camino y sigo la senda de la incertidumbre para dejar de buscar. Estoy buscando el no buscar y solo camino para poder seguir transitando los senderos del día.

Veo que el inicio del periplo está cada vez más cerca y sin importar lo que suceda afuera, adentro veo la luz emerger y con ella puedo guiar cada paso que el cuerpo decide dar. Veo que la sombra de los árboles se oscurecerse y se torna azul para finalmente dar paso a una noche más. Pienso que el camino es éste, el de cada paso que se construye en el presente, en cada acción, en cada destello y así cada detalle conforma lo axiomático de la existencia.

A ritmo de una respiración consciente me quedo tranquilo que todo va a estar bien, lo presiento ya que viendo el camino esfumarse en el horizonte me permito pensar en estas vías por las que ya no pasan trenes. Y así, me doy cuenta que hasta las grandes maquinas se esfuman algún día, todo lo material se desvanece en el éter y solo estamos nosotros acá, en el presente.

La existencia misma nos declara un desafío insoslayable que hay que atravesar, no interesa la situación actual sino la forma de acompañar ese estar.
Comprendo finalmente que no puedo sino dejar que el lenguaje adquirido de la experiencia última de ser humano me invada e irrumpa hasta lo más profundo de mis huesos para que luego ocurra un cataclismo interno y profundo en mi esencia que pueda finalmente actualizarme en palabras de consciencia.

Sin embargo, y mientras tanto, solo puedo mirar el camino, respirar el sendero, escuchar el aire y darme cuenta que a pesar de todo hoy puedo ver vida en esas vías.

 

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