Enviones de la Vida – Adiós a Myanmar (Parte II)

Cuarto Envión.

Luego de varios cambios de transporte, muchas horas en el camino y colectivos rotos estábamos nuevamente rodando hacia Yangon.

El nuevo bus era normal, no muy grande, tengo que admitir que por tener todas esas valijas alrededor estaba mas cómodo en la mini van. No había mucho espacio pero no me importaba demasiado, con estos últimos viajes las expectativas caen drásticamente y uno termina queriendo simplemente llegar a destino. Al cabo de una hora de viaje una valija me cae en la cabeza, la acomodo nuevamente, unos niños me miran y se ríen. Extrañaba un poco la traffic.

Seguimos rumbo a Yangon, otra hora de viaje, y un olor raro comienza a entrar por las ventanillas; venía del motor. La gente se tapa la nariz y el hombre que se sentaba a mi lado le reclama al chofer. Frenamos, nos bajamos y comienzan a alborotarse las cosas, como dice un amigo, se ponía «picante».

El conductor, sin interés alguno por solucionar el problema, pide a los pasajeros que suban de nuevo, que todo estaba bien. Un grupo comienza a quejarse y reclamar que en esas condiciones no se podía viajar, algo le pasaba al motor y adentro del vehículo no se podía respirar. Yo no entendía mucho, pero suponía que el chofer quería seguir andando y los pasajeros se negaban a hacerlo. Estaba anocheciendo y Rosa se acerca y me explica un poco la situación confirmando mis sospechas, entonces me dice que no me preocupe que ella se iba asegurar que llegara a Yangón,  un taxista amigo nos podía buscar pero mas cerca de Yangón por lo que teníamos que seguir varios kilómetros más para esperarlo.

Esperamos al costado de la ruta junto a otros pasajeros hasta que llegó un colectivo de otra línea que iba en esa dirección. Rosa, su hija Melody y otros pasajeros nos subimos a este nuevo bus, estaba atestado de pasajeros pero nos dejaron viajar igual, nos pusieron bancas de plástico en el pasillo para que nos sentemos el resto del trayecto. Los locales me miraban extrañados por ver un extranjero en esa situación, algunos sonreían y yo sabía que eso era lo que buscaba de Myanmar y no podía dejar de sonreír.

Todo era demasiado gracioso, yo no sabía si llegaría a destino, tenía que confiar en la ayuda de Rosa y su hija para llegar a tomar el avión a tiempo, ah, y sin casi nada de dinero en el bolsillo.

Ultimo Envión

Seguimos rumbo en el nuevo transporte por unas horas más hasta llegar a una parada en el medio de la nada y en plena oscuridad. Rosa me dice que teníamos que bajarnos.  Al lado de la ruta había un auto, y unas personas hablando entre ellas, el chofer se baja y Rosa duda un poco en subirse a ese auto o no. No era el taxi que había pedido y ese no era el lugar a donde ella esperaba ver a su amigo. Luego de discutir con el chofer del bus Rosa finalmente me indica que subamos a ese vehículo, yo claramente no entendía nada.

Subimos a este nuevo auto en el medio de la nada y en plena oscuridad, íbamos Rosa, Melody y yo. El auto nos llevaba a otro lugar, otra parada de colectivos en donde el amigo de Rosa nos buscaría, luego de viajar una media hora más llegamos a la parada donde el amigo de Rosa nos buscaría.

Así fue como llegamos a la última parada, habían pasado 17 horas y yo todavía no estaba en Yangón. Luego de esperar unos minutos Rosa me pregunta si quería comer algo, (había algunos lugares para comer en la mini estación de transporte), me negué por no tener mucho dinero y no sabía si tendría que usarlo después. Rosa me insiste, me invita la cena y nos sentamos a comer. Cenamos un plato típico de la zona y conversamos amenamente. Rosa me contó sobre su empresa turística en Yangón y Melody me contó su sueño de viajar y estudiar en el exterior, yo estaba feliz de poder compartir una cena con ellos, esa familia de Myanmar me había salvado del flujo constante de eventos desafortunados que se fueron interponiendo en el camino, pero como dicen «el obstáculo es el camino». 

Luego de intercambiar contactos y esperar un poco finalmente nos buscó el amigo de Rosa, me dijeron que no me preocupara que me llevarían al aeropuerto, era más de lo que esperaba. Recorrimos el último trecho en un par de horas y a la madrugada llegamos al aeropuerto, me dejaron en la mismísima puerta de embarque. El envión había sido perfecto, a tiempo para mi último vuelo despidiéndome de Myanmar y de esa hermosa familia.

Me costaba entender lo extraordinario de ese último día.

Envión de Fe

Recuerdo esta gran historia de despedida de un país que me cautivó al tiempo que me dejó fluir por sus tierras y sonreír entre medio de la gente mientras respiraba dentro de pagodas sagradas. Esa “cuestión de fe del bus”, de lo prometido, de lo que vendrá, de la promesa futura de algo mejor, sin embargo ese camino recorrido era la promesa, era la promesa de una aventura que seguía y cumplía expectativas de caminar junto a seres extraordinarios en latitudes ajenas.

Pienso que a veces es bueno dejarse llevar en el camino, no interponer resistencia al flujo constante de eventos temporales que nos van atravesando, dejar que esa energía se haga carne en nuestro cuerpo y que la presencia en el momento sea absoluta y sagrada.

Hoy creo que ese big bus si existió y lo conformaban esas personas que me fui cruzando en el camino y fueron creando el trayecto y me modificaron en el viaje interno que sigue hasta hoy.

Volé finalmente a Bali y luego a Nueva Zelanda para terminar una gran etapa, seguía impulsado por enviones filosóficos que hasta el día de hoy siguen ofreciendo profundos cambios y grandes crecimientos.

Comienza la Ceremonia

Salí desde Auckland a Bali un Martes por la madrugada. Por ese entonces yo estaba visitando una amiga kiwi que, amablemente, me alojaba los últimos días antes de mi travesía, por lo que tuve que salir bien temprano.

A veces uno se da cuenta del impacto que ciertas experiencias tienen en uno en el momento exacto en que suceden. Algo así me aconteció apenas llegué a mi primer destino, Bali. Al llegar a esta isla de Indonesia los colores, la música y la tradición hindú-balinés calaron profundamente en mi entendimiento del todo. Especialmente desde mi visión occidental-latina que, cargada de pre conceptos, pero a la vez dispuesta a dejarse llevar por el camino, fue adentrándose en las diferentes culturas de esa parte del mundo.

Hoy, en tiempos de pandemia, en dónde las fronteras están a la vez cerradas y desdibujadas a la vez, parece fácil reflexionar sobre la conexión de todo con el todo. Creo que la idea de Aldea Global se comprende recién hoy un poco más, manifestada en hechos concretos en donde la realidad nos sacude inesperadamente.

Sin embargo, ya en ese entonces y por algún motivo extraño, logré experimentar una sensación de gratitud al hacerme consciente de la inmensidad del mundo y darme cuenta de que las lejanías y diferencias eran reales pero ficticias en su esencia.

De esta manera me adentré en esta isla empapada de templos hindúes, en donde la religión y la espiritualidad atraviesan las distintas aristas del entramado social. Todo esto sin dejar de lado el contexto de efervescente consumismo del lugar, que acelerado por el creciente turismo de países vecinos como Australia van re-moldeando la sociedad.

Todavía recuerdo el preciso momento en que ese impacto se “materializó” en consciencia pura, fueron apenas unos segundos, yo iba en una moto, mi chofer designado, Diron, manejaba y yo detrás iba admirando lo que veía.

Estábamos yendo al templo de Uluwuatu a ver la ceremonia del Kecak (Una antiguo Baile-Ritual tradicional en Bali).

Ese momento de realización consciente se podría decir que fue una suerte de premonición iniciática de lo que sería mi periplo por el sudeste asiático. Una moto andando a toda velocidad atravesando una ciudad condensaba en tráfico, personas, vehículos y bocinas, que se mezclaban en una humedad omnipresente que todo lo envolvía.

La aceleración ondulante de la moto esquivaba todo con destreza en un movimiento cuasi orgánico con las otras piezas de la trama vehicular. Pero era más que eso, mientras atravesábamos la isla convergíamos con la extraordinaria exaltación de todos los sentidos.

Allí estaban, gigantes estatuas y monumentos de dioses hindúes que decoraban diferentes esquinas e intersecciones del camino, mientras tanto el movimiento lo barría todo. La humedad nos perseguía mientras los perfumes de los mercados y puestos de comida callejera se adentraban en mi cuerpo. Yo intentaba retener la esencia mística del momento iniciático, de ese instante sagrado de felicidad plena, un instante efímero en donde se circunscribían acciones de una escena surrealista.

Un mar de motocicletas fluían en varias direcciones, éramos solo una gota más en ese océano de movimiento. De repente pude ver como una enorme estatua del héroe hindú Arjuna nos escoltaba y apuntaba con su arco en dirección al sol que bajaba lentamente por el horizonte mientras un avión aterrizaba traspasando el rojo de la tarde. La irreal escena transcurría en el devenir mientras la moto atravesaba el camino y llegábamos finalmente al templo de Uluwuatu.

El sol ya caía sobre el mar y una sensación de contemplación plena se cristalizó. Y ahí estaba yo, por primera vez experimentando la vivencia del viaje en un entendimiento de estos momentos como atisbos previos a relatos que se convertirían en historias, como esta.

La ceremonia comenzaba.