El Templo de la Cueva del Tigre | Recomendaciones para Escalar un Buda

Estatua de Buda se alza sobre la cima de la montaña en el Templo de la Cueva del Tigre, Krabi, Tailandia- Fotografías Marcos Sanzano

Luego de meditar abrí los ojos, el sol me impactaba de frente y una gigantesca imagen de Buda me interpelaba. Estaba en el Templo de la Cueva del Tigre (Wat Tham Suea), – Construido en 1975 luego de que un monje Vipassana fuera a meditar a la cueva y viera tigres alrededor.

El ascenso cuenta con 1260 escalones para llegar al templo budista que se encuentra en la cima de la montaña. Muchos de ellos superan en más del doble el tamaño de un escalón tradicional.

El Templo de la Cueva del Tigre se erige en la cima de una montaña al noreste de la ciudad de Krabi. En la base de la montaña podemos ver esculturas, templos budistas y taoístas custodiados por monos que no dejan de aproximarse. Al comenzar a subir hay advertencias de la altitud y la cantidad de tiempo y escalones requeridos para poder llegar al santuario.

Aquí mis «Recomendaciones» para Escalar un Buda

Primero y antes que nada llevar la mochila vacía, o al menos liviana. Siempre es difícil trepar con mucho equipaje y es preciso deshacerse de lo más pesado, a veces la carga está en la mochila, a veces en lo que está adentro, y como en la vida misma a veces son nuestros pensamientos o prejuicios los que pesan. Lo que creemos esencial a veces se vuelve lo más pesado y nos impide avanzar en el camino hacia la cima.

Viajando se experimentan este tipo de sensaciones, si se las sabe apreciar, hay que hacerlas trascender, contemplar la riqueza de ver que cada escalón, cada colina, y cada obstáculo es el camino a recorrer. Ir paso a paso, una cosa a la vez, que no nos abrume la montaña que se nos avecina sino presenciar cada paso como un estado divino del devenir.

Y en ese esfuerzo es fundamental crearse el hábito de no identificarse con lo que la cabeza nos dice de nuestra condición, del momento en que estamos en la montaña y de lo que somos, porque somos algo más que eso. Nuestras actitudes van camino hacia ese destino incierto en donde las circunstancias nos van moldeando pero a la vez sermoneando a escapar y encontrar otros caminos alternativos al que veníamos recorriendo. En la montaña el camino es hacia arriba.

En este intento por subir, uno se cansa, se confunde y a veces hasta se cree dueño de la verdad que nos enreda en conceptos erróneos impidiéndonos subir la próxima colina y así el recorrido se hace más confuso, más arduo. Sin embargo todo esto es necesario para experimentar el camino plenamente.
 

Escalando el Templo de la cueva del Tigre, o mejor dicho, después de hacerlo, me di cuenta de la importancia de cargar con pocas cosas, de que lo esencial es escaso y que lo escaso es a veces fundamental. Quizás lo único que hace falta es la filosofía de saberse libre de estados mentales y físicos impermanentes.

“Si no posees nada, busca la filosofía antes que cualquier otro bien” 

SENECA

Avanzando por la ladera de la montaña sentía la humedad y el calor penetrar mis sentidos, la transpiración se hacía presente en ese andar y a pesar del poco equipaje el caminar por momentos era impreciso.  

Finalmente me di con la suerte de poder llegar y admirar el majestuoso Buda en la cima de la montaña. Había llegado a la cima luego de muchos escalones pisados. No me había dado cuenta pero varias subjetividades se desplazaban y un nuevo equilibro transitorio se vislumbraba. O quizás era otro estado, una transformación del espíritu o tan solo una nueva forma de lo que no tiene forma, lo que está adentro.

Al llegar a la cima y recostarme bajo el inmenso Buda, el sol me conmovió con su presencia y no pude sino dejarme suspender en un estado meditativo, de a poco iba viendo como llovían momentos perecederos de un yo que se deshacía entre la humedad de la montaña.  A la distancia se avecinaba una tormenta, por el momento todo era luz y solo podía ver eso.

El Buda estaba ahí, gigantesco, solemne y taciturno en la punta de la montaña, la fuerza de la imagen, del espacio y de la experiencia se potenciaron con el entendimiento de la experiencia interna que a igual que la figura estaban enclavados en el presente.

Luego de meditar en la punta de la montaña la imagen del Buda me exhortaba a indagar en lo más recóndito de mi ser, quizás la pregunta en realidad era ¿cómo podía «escalarme»?

¿Qué cómo escalar a un Buda? No lo sé.

Quizás dejando un estado por otro, cambiando de plano, soltando equipaje y convirtiéndose en otra faceta de lo uniforme que nos conforma, la verdad es que no lo sé.
Solo puedo decir que recuerdo que al subir un escalón a la vez lo liviano se hizo esencial y lo libre necesario.

Solo me quedaba seguir, siempre seguir.

¿Que otra cosa sino?

Atrapados en Yangón

Atrapados en Yangón

Y un buen día llegamos a Yangón, la ciudad más grande de Myanmar. Arribamos unos día antes del Festival Thadingyut, el segundo festival más importante del país, también conocido como el festival de las luces. Este festival tiene lugar en el día de la luna llena del mes del calendario lunar de Birmania.  Es una celebración del descenso de Buddha del cielo después de recitar el Abhidhamma a su madre, Maya, quien renació en el cielo.

Sabíamos de la importancia de este evento, de hecho era una de las motivaciones para visitar el país en esta época. Lo que no sabíamos era la intensidad con la que se lo vivía y el particular detalle de que es calendario de fiestas y asuetos por lo que todos lo lugareños utilizan este momento para viajar y celebrar de diversas formas en lugares variados. La aglomeración se hace visible en cada rincón, había movimiento y caos pero a la vez una vital y abundante energía circulaba por las calles previo a la festividad.

Llegamos con la intención de recorrer la ciudad sólo por unos días,  y nos encontramos con el panorama de no poder trasladarnos por la falta de transporte público, que saturado por la demanda hizo imposible el poder encontrar un medio de transporte para salir de la ciudad.

Luego de idas y vueltas decidimos finalmente quedarnos varios días más hasta que pasara el festival y luego continuar nuestro periplo.

Estábamos atrapados en Yangón.

Al pasar el tiempo nos fuimos dando cuenta de que estábamos conociendo mejor el lugar ya que ni pensábamos cómo ubicarnos y caminábamos como locales entre medio de callejones, avenidas y pagodas.  

De esta manera comenzó el lento descubrimiento de Yangón.

Ciudad llena de vida, con innumerables templos y pagodas, es una de las aglomeraciones más diversas del país. A pesar de la predominancia budista a lo largo del territorio, aquí es posible identificar un barrio musulmán con mezquitas, una sinagoga e iglesias católicas.
Además es interesante ver la disposición de la ciudad que contrariamente con el resto del país se erige como una urbe en desarrollo con centros comerciales, cadenas de comida, vestimenta, restaurantes y bares. A pesar de esto todavía es posible ver cómo los edificios dejan entrever vestigios de la época colonial inglesa, coloridos edificios algo despintados se aprecian entre medio de los atareados cables que cuelgan de las paredes y postes.

El movimiento forma parte esencial de la vida de Yangón, ya sea para trasladarse a la isla de Dala en ferry o para moverse entre sus barrios en transporte público; en tren, automóvil o caminando, la gente está en movimiento, las calles tienen vida.

Una vez que se penetra un poco más en la ciudad es posible apreciar pequeños detalles escondidos en el día a día de la escena Birmana. Tuve la oportunidad de caminar por diversos rincones, callejuelas, ver escuelas en plena actividad, cruzar a la Aldea de Dala en ferri con los locales, recorrer las tierras aledañas a la ciudad en el tren circular, comer en mercados, meditar en templos y pagodas.

El estar “preso” en un solo lugar me hizo reflexionar sobre la situación que estábamos viviendo, el escenario era ese, solo nos quedaba aceptar y afrontar la realidad que nos tocaba vivir. Teníamos que esperar hasta que pasara el Festival para poder seguir el periplo.
No puedo dejar de pensar en la similitud con el curso de los eventos que nos toca vivir hoy a nivel global. El encierro, el tener que quedarse en un solo lugar.

El no poder trasladarse, recorrer, moverse, es un impedimento que no debería abstraernos de conocer con detalle lo que está siendo. Es necesario que en nuestro caso actual nos observemos a nosotros mismos, al interior de ese abismo de no saber qué nos depara el mañana, pero la virtud se esconde en el detalle de sabernos vivos y consientes en el momento presente.

Tal cual experimenté en ese momento en Birmania, la experiencia debía pasar por otro lado, apreciar lo que era desde la contemplación y el agradecimiento del momento que estaba siendo y no volvería a ser. Y así fue.
Gracias a esta suerte  de ejercicio conciencie me vi inmerso en estados contemplativos de profunda conexión con los lugares y la gente.

Todavía recuerdo las cientos de velas prenderse al atardecer en el medio de la Pagoda Shwedagon (la más grande del país), al mismo tiempo que los rosas del atardecer se entremezclaban con los dorados irradiados por la gigantesca stupa.

Siempre vuelvo a lo mismo y hablo de esos instantes que son los que quedan de los viajes, esos detalles que permanecen por alguna razón. Quizás se quedan ahí por entendimiento y ponderación de la razón o quizás por una consciencia presente que se ilumina por un segundo y nos permite acceder a la experiencia de una manera más entera, más real.

La paz, la quietud de esos atisbos son necesarios hacerlos presentes en nuestra vida. Esta no es más que una forma de recordarme estos instantes a mí mismo para aprender a acceder a la realidad de una manera más substancial y que el presente se haga eterno en ese entendimiento.

Quiero demostrarme la capacidad para observar lo desconocido, ya sea viajando en un tren por medio de Birmania o encerrado en el medio de una pandemia mundial. El verdadero viaje siempre será otro, el interno y para todos lo mismo.

Pienso que aquella que nos quedamos atascados en Yangón no estuvo tan mal, al fin de cuentas allí nació la comprensión de que el único viaje que no se acaba nunca es el de mirarse para adentro, en la quietud del ahora.

Hoy me lo recuerdo.