Enviones de la Vida – Adiós Myanmar (Parte I)

Aquí, una serie de eventos des-afortunados que me fueron sucediendo en el medio de un entreverado viaje para volver a Yangon, ciudad donde debía tomar mi último vuelo a Bali.

Así me despedía de Myanmar.

Yo estaba en Inle Lake o Lago Inle, una ciudad a unos 600 kms de Yangon y solo contaba con los últimos 10000 Kyats (unos seis dólares) ni un billete mas ni uno menos. Inle Lake está ubicada en la zona central de Myanmar en el Estado de Shan, el Lago Inle es el segundo lago en extensión y uno de los más altos del país. Sus aguas forman canales entre las zonas de cultivo. Se pueden encontrar jardines, casas e inclusive un mercado flotante donde los turistas y locales acceden a diversos productos. Es típico encontrar en medio de sus aguas a pescadores haciendo equilibrio en la punta de la barcaza, sosteniéndose con un pie y con el otro envolviendo la red para atrapar los peces.
Al estar rodeado de más de doscientas aldeas y poblados también es posible ver como se transportan los productos y cómo los trabajadores recorren los caminos y rutas hacia el lago y los poblados.

Luego de experimentar la alucinante experiencia de vivir en esta región del país, me encaminé hacia lo que sería el final de mi periplo por Myanmar y el Sudeste Asiático.
Como sabía que los tiempos de viaje en Myanmar eran diferentes tenía que tomar las precauciones pertinentes. Saqué un boleto de bus matutino con casi 24 horas de antelación a mi vuelo, (8 de la mañana del día siguiente) Así empezó todo:

Primer envión.

Me pasó a buscar un pequeño camión, típico en Myanmar, que acostumbra a trasladar pasajeros en distancias cortas. Me sorprendió algo ver un transporte tan chico para un viaje tan largo. Sin embargo el conductor notando mi consternación me dijo que ese iba a ser un viaje corto de unos minutos hasta la parada del “bus grande”.
Al llegar al destino me indicó un lugar a donde sentarme, era una suerte de kiosco al lado de la ruta que también funcionaba como parada de transporte. Dos monjes budistas me saludaron y hablamos un poco, uno de ellos me contó que era de Inle Lake y que estaba viajando a Yangon por unos días.

Segundo envión.

El colectivo se demoró unos cuarenta minutos pero finalmente llegó, no se podría decir que era un colectivo grande sino mas bien una van o traffic con pocos asientos. A estas alturas del viaje poco me interesaba el tipo o tamaño de transporte, más si me interesaba llegar a destino.

Junto con otros locales subimos y el conductor me comentó, en un inglés básico, que luego cambiaríamos a otro bus más grande. A la segunda promesa de un “bus más grande” comencé a encontrarle el costado humorístico de la situación, a la distancia podía entrever lo que se aproximaba, la película se resumía en: Un viaje larguísimo, casi nada de dinero y un avión que se iba en unas horas. Lo gracioso de la situación era esa promesa de algo mejor, la situación se volvió una cuestión de fe, algo casi religioso, el “Bus Prometido” que vendrá.

Luego de un par de horas en el trayecto, me di cuenta que ese famoso cambio a otro colectivo tardaría en llegar si es que llegaba. Y me di cuenta de esto cuando luego de dos horas de viaje frenamos en un comedor al lado del camino y los pasajeros comenzaron a almorzar (diez y media de la mañana). Un poco desconcertado me senté en una mesa sin intención de comer. Un joven local me preguntó si estaba todo bien, le dije que si pero que no entendía si el tan prometido colectivo llegaría, ya comenzaba a perder la fe en el «Bus Prometido». Me dijeron que cambiaríamos de transporte pero que tendríamos que seguir viaje unas cuatro horas mas en la misma minivan, la fe disminuía.
Luego de tres horas, una mujer con su hija comienzan a ofuscarse reclamándole al chofer y hasta llaman a la empresa para quejarse de la situación, el bus grande seguía sin aparecer.
Frenamos en otro comedor, algunos almorzamos y seguimos viaje. Al arrancar de nuevo la mujer que se quejaba me compartió un postre típico de Myanmar, me dice que se llama Rosa y me presenta a su hija Melody, hablamos un poco y me dice que estaba muy enojada con la empresa.

Tercer Envión

El trayecto que siguió fue complicado por el sinuoso camino montañoso de la zona, a esto se le sumaba el mal estado de la ruta. Inesperadamente nos cruzamos con otro bus de la empresa, mucho más grande y moderno, el chofer de la traffic le toca bocina y hace señas para que frene pero sin éxito, entonces se estaciona a un lado del camino y llama a la empresa tratando de comunicarse con el famoso bus grande. Habíamos tenido una experiencia casi espectral del tan nombrado “Bus Grande”.

Seguimos el viaje hasta que luego de dos horas nos topamos con dos colectivos al lado del camino. Uno de ellos con el capó del motor abierto y humo saliendo del mismo. Mucha gente, entre los dos vehículos, y las compuertas de las bodegas abiertas. Frenamos y nadie me comunicaba nada, no sabía si había llegado o no el momento de conocer el tan ansiado bus. Rosa, (la única local que hablaba ingles), me comunica que efectivamente estábamos en presencia del bus prometido.
Me acerco a la bodega para dejar mi mochila , pero no había lugar. La situación era la siguiente, uno de los colectivos se había roto y todos los pasajeros se estaban cambiando al otro, incluido todo el equipaje. El problema era que una mujer tenía una asombrosa cantidad de bolsas de verduras que llevaba a Yangon, probablemente al mercado para vender, con lo cuál ocupaba casi la totalidad de la bodega. Si, las verduras ocupaban todo el espacio.

La única opción que quedaba era meter las valijas en la última fila de asientos libres, yo estaba en la penúltima fila. Luego de un esfuerzo arquitectónico por acomodar todas las valijas en el fondo, el bus finalmente arrancó rumbo a Yangon.

Arrancaba un nuevo envión…

Amores Secos

Amores Secos se aferran a mis pies mientras bajo de la moto eléctrica que me traslada por las pagodas de la antigua ciudad de Bagan. Mientras observo la imagen automáticamente me siento transportado a esa tierra lejana.

Vuelo a través del tiempo, voy recorriendo pequeños senderos de tierra entre maizales y hermosas acacias que rodean las miles de pagodas construidas a lo largo de muchos siglos. Sigo en ese trance atemporal y veo, cuál viajero sin rumbo, cómo giro entre energías sospechosas de magia ancestral.

Me despierto a la madrugada, son las cuatro de la mañana, tengo que asegurarme llegar a tiempo a Bagan Viejo para poder observar el amanecer y ver el nacimiento de un nuevo día sobre las pagodas. Me sorprendió ver tantos viajeros despertando temprano con el mismo plan, y con eso en mente todos salimos en nuestras bicis y motocicletas hacia la explanada.

Debo confesar que un día antes de esto ya había recorrido parte de Bagan Viejo, allí pude ver lo esplendoroso y místico del lugar, más de 3500 templos budistas construidos a lo largo de 25 kilómetros cuadrados.

Bagan fue la antigua capital de Birmania desde los años 1044 hasta el año 1287 y fue centro político, económico y cultural del Reino de Pagan. La zona arqueológica nos obliga a reflexionar sobre su antigüedad ya que las estructuras budistas que nos vamos topando datan de entre 800 y 1000 años de antigüedad.
A pesar de que la ciudad sufrió un terremoto, en Agosto de 2016, la mayoría de sus templos se encuentran en buen estado, sin embargo todavía se pueden ver restauraciones de los templos que fueron afectados.

En este primer día me encontré con un pintor que dibujaba paisajes típicos del lugar, como tantos otros. Los pintores deambulan por el lugar en búsqueda de potenciales compradores de sus obras. Me dijo que me podía indicar un buen lugar para ver el amanecer, me ofrecía mostrarme una pagoda escondida a la que podría subirme y ver el sol asomarse a través de las estupas y templos. Accedí entusiasmado, y a cambio me pidió mostrarme sus pinturas, así fue como lo seguí entre matorrales y caminos muy estrechos hasta que llegamos a un gran maizal que no permitía seguir con la moto, frenamos allí y bajamos.

Nos adentramos en un frondoso camino y luego de cruzar la plantación llegamos al pie de una gran estupa. Me señaló la punta de la estructura y me dijo que había que sacarse el calzado para poder subir por respeto y costumbre religiosa, así lo hicimos y nos trepamos a la cima. Me topé con una fantástica panorámica de pagodas entremezcladas con maleza y maizales que dejaban entrever los miles de santuarios en el horizonte. Luego de sacar algunas fotos me llevó a otro templo y me ofreció sus pinturas, encantado compré una bella panorámica de Bagan Viejo y, bajo una estatua de Buda, el pintor agradeció por la buena fortuna, nos saludamos y no nos volvimos a ver.

Con mucha ingenuidad creí haber localizado el lugar para volver al otro día y así poder ver el amanecer, sin embargo si hay algo que es fácil hacer en este lugar es perderse entre templos, y así fue.

Volvemos al día siguiente, yo seguía en mi moto rumbo a Bagan Viejo y antes que amanezca pensaba en cómo llegar a ese rincón escondido entre maizales, en mi mente estaba la certeza de poder encontrar el sendero y llegando a donde suponía estaba el mismo, me perdí. Lo malo de desorientarse en ese momento era que el sol comenzaba a estibar los primeros rayos de sol en el cielo, me perdería el momento. Me encontré desalentado al ver que los rosas de la hora mágica ya teñían cada rincón a mi alrededor pero decidí seguir con la moto introduciéndome por senderos varios hasta encontrar algo que me recordara dónde estaba. Y en el medio de esa búsqueda frenética de repente escuché una bella voz llamándome desde el cielo.

Alguien podría decir que el escenario místico y espiritual ameritaba la posibilidad de escuchar voces celestiales. Sin embargo la voz era de una bella chica que me llamaba desde lo alto de una pagoda, era un grupo de tres mujeres jóvenes y un chico, todos hacían señas indicándome el camino escondido hacia la pagoda. Rápidamente trepé al templo mientras agradecía la buena fortuna y al llegar a la cima me encontré con el grupo, sonreían de ver mi cara de felicidad por haber subido justo a tiempo. La chica que me indicó el camino era española así como el resto de los jóvenes viajeros, por lo que el encuentro siguió en lengua castellana.

Colores ocres, amarillos, rojos y naranjas ya impregnaban el espectacular lienzo, la imagen era impactante, pagodas, templos y estupas se bañaban en cálidos colores y la abundante maleza que todo lo rodeaba comenzaba lentamente a respirar el día entre humo de chimeneas.
Mirando con mi cámara el espectacular amanecer no pude evitar sentir una paz trascendental que invadía mi cuerpo y mi alma, no pude dejar de sacar fotografías mientras agradecía el momento. La quietud y el silencio del espectáculo eran insuperables, sublimes y mientras registraba el momento comencé a divisar una gran forma redonda elevarse en el horizonte. Si, eran globos aerostáticos que justo ese día y gracias al clima podían volar y nosotros verlos elevarse. Estoy convencido de que ese día hubo un vínculo extraordinario, algún tipo de conexión prodigiosa para que todo se diera, para que esa vivencia se materialice y que la experiencia se transformara en historia, en imágenes y palabras.  

Una foto puede tener una o mil historias detrás, puede ser producto de una emoción, un sentimiento, un acontecimiento, un lugar o un encuentro. Una fotografía nos puede transportar a otro tiempo y lugar, puede hacernos ver los vestigios de realidad que sucedieron en otras épocas. Puede hacernos dar cuenta de la importancia del ahora, puede hacernos reflexionar sobre la condición humana y sobre todo sobre la condición de nuestra conciencia más innata.
Creo que si hay aunque sea algunos momentos de estos en nuestras historias, todo puede elevarse, la vida misma, todo lo que somos y nos pasa, como ese amanecer, ese misterioso momento que me regaló un instante perdido en el tiempo.

Las historias se conforman de eso, de los atisbos de realidad que creemos vivir y experimentar, esas señales van conformando una conglomeración de estados mentales y emocionales y ahí es donde creemos residir como personas. Sin embargo lo preciso es ser capaces de actualizar las formas con las que procesamos la vida que somos y todo en el presente porque es lo único que tenemos y tendremos.

Luego de esa mañana continué mi periplo por todos los templos que pude visitar, entré a decenas de pagodas y medité en algunas, nuevamente me perdía entre santuarios pero a pesar de esto pocas veces me sentí tan libre, tan en paz, nunca me había encontrado tanto.

El día se fue sucediendo lenta y mágicamente, luego los rayos de sol escasearon otra vez y así fue como el día se fue.

Al anochecer noté algo, miré hacia abajo y Los Amores Secos ya no estaban en mis pies.