Un día caminando por Yangón decidí desviarme de las calles del barrio chino que me alojaba y fui hasta la rivera del río. La aglomeración de gente ya se veía, estaban todos esperando el ferri que cruzaba hacia el otro lado, iban hacia el poblado de Dala. Ya sabía de su existencia y me dispuse cruzar para conocer ese otro costado de la realidad birmana.

El ferri es el medio de transporte usado por cientos de birmanos que trabajan en Yangón y viven en Dala. Formada por cincuenta villas y rodeada de ríos, es un área rural subdesarrollada a pesar de su cercanía con la ciudad más importante del país. Es importante mencionar que parte de esta población se vio perjudicada por el tsunami de 2004, esto sumado a la dificultosa conexión con la ciudad por la falta de puentes fue creando condiciones poco favorables para la región.

En este otro lado se pueden ver principalmente villas de pescadores, aldeas de bamboo, pagodas, monasterios budistas y mercados de comida.
Tan rápido como llegué a pisar tierra me encontré con un joven que me ofrecía llevarme a conocer la zona, accedí y charlamos un poco de Dala y Yangón.
Antes de caminar, me quedé mirando un partido de Chinlone en la vera del río, este es el deporte nacional de Myanmar, característico por las destrezas atléticas de los participantes que haciendo grandes saltos y piruetas en el aire logran hacer pasar una pelota hecha de Rattan (Caña de Indias) por arriba de una red. Después de fotografiar la escena me propuse caminar y adentrarme en la región.           

Una de las primeras cosas que fuí a conocer con mi guía fue un monasterio, al contrario de lo que sucede en Yangón aquí se ingresa sin costo alguno a las pagodas. Pude saludar a los monjes budistas que estaban trabajando la tierra en el lugar y seguimos el recorrido.

Luego fuimos directo a la aldea de bamboo, un poblado un tanto alejado del caserío principal de Dala, una de las zonas más afectadas por el tsunami. Uno de los primeros lugares que pude ver fue el cementerio en donde yacen gran parte de las víctimas de aquel evento que todavía tiene sus cicatrices presentes.

Seguí caminando y presencié nuevamente otra escena de lugareños jugando Chinloe, luego fuimos a recorrer el lugar. La gente me saludaba amablemente, algunos un tanto extrañados, evidentemente no recibían muchas visitas en esta zona. Me crucé con muchas familias disfrutando el sol, trabajando, jugando o simplemente estando en el lugar, todo lo que había para ellos era eso, su aldea. Los niños correteaban y se acercaban, miraban mi cámara y yo les dejaba usar el equipo para que vean mientras posaban y hacían morisquetas divertidas. La espontaneidad del momento fluyó en el ambiente y en la conexión humana que se generó inclusive sin la posibilidad de comunicación lingüística pero si afectiva.

Luego de jugar con los niños y hacer el registro fotográfico del lugar seguimos rumbo al mercado de alimentos a donde concurren todos los lugareños para abastecerse de comida para el día o la semana. Los perfumes y colores tomaban protagonismo en otra escena típica en la película que es Myanmar.

A pesar de las marcadas diferencias, de la imposibilidad de comunicarse o simplemente por la lejanía preestablecida con otras formas de entendimiento de la realidad, pienso que si se hace un esfuerzo se puede conectar y generar esos vínculos mientras uno se mueve, el movimiento al fin y al cabo es de la cabeza, nada más.

Creo que en algún momento volverá la posibilidad de proyectar esos lazos mientras el movimiento del viaje sea una constante en la mente y mientras la realidad se vaya amoldando a esa comprensión del otro, y así poder reír, llorar, emocionarse, entenderse, vivir.
Mientras tanto queda generarlos desde el entendimiento mutuo y de la comprensión real de la situación que todos experimentamos hoy como un todo conectado.

Recuerdo que al volver atardecería sobre el río Yangón, el sol caía sobre el horizonte y yo lo vivía como una despedida de aquella ciudad que me alojó durante tanto tiempo, en breve con amigos viajeros partiríamos en búsqueda de otras tierras mágicas y sagradas.

La fuerza del viaje seguía latente sin embargo en el horizonte ya se comenzaban a divisar trazos de escritos por esbozarse para un día como este poder compartirlos y finalmente terminar el viaje.

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