Pasos

Pasos


Inclusive si interpretamos que las formas que nos constituyen se nos presentan de manera fortuita podemos pensar que el giro de las cosas se nos vuelve cada vez más pesado. El devenir de un mundo sin fin, de una situación impredecible que nos convierte en seres impermanentes en estado de consciencia forzada.
Sin embargo se puede dejar que todo fluya en ese devenir, el mar de pensamientos no es más que eso, una corriente constante que cambia y nunca es la misma, el todo nos sucede en la existencia, somos forjadores de la existencia en la misma medida que esta nos forja imperceptiblemente.

¿Somos consientes de la vacuidad del universo? ¿Acaso podemos serlo? Interpretar las interpretaciones del tiempo y el espacio en un constante fluir de acontecimientos acumulativos en el ahora que se nos presenta cómo la única divinidad posible.
¿Cómo acceder a ello? ¿Pensando nuestros pensamientos o dejando que eso que se nos presenta como esencial, profundo y sagrado se desenvuelva en esa corriente de sucesos en el tiempo? Quizás puedo dar una vuelta por este lugar o por cualquier otro y eso puede o no forjar estados contemplativos en mi realidad consciente, pensar en no pensar e intentar ser en estado absoluto.

Hay que accionar sobre ello,

Suenan bongos de fondo en mi corazón que se disuelve entre la montaña y el árido cielo de invierno. Entre ellos existe un horizonte blanco, existencia latente que está ahí desde siempre, su presencia está ahí para que ser subida, está ahí para que la conquistemos con esas pequeñas acciones diarias del espíritu.

Puedo pensar que ese fluir se conforma como pasos que nos mantienen en movimientos imperceptibles, pasos como los que damos para llegar hacia algún lugar, como este que doy hoy.

Susurro de Primavera

Susurro de Primavera

Mirando los potentes rosas de la primavera florecer en viejos lapachos de pueblo el tiempo se detiene para contarme algo al oído. La existencia de la naturaleza me cuenta un secreto ancestral, el secreto de la impermanente eternidad. Me cuenta que como humanos a veces nos pensamos inmortales y eternos en nuestros pensamientos y proyectamos el futuro en situaciones inexistentes y forjamos proyecciones materiales de una falsa identidad. Fabricamos la ilusoria percepción de que somos lo que pensamos de nosotros y que lo que poseemos nos representa como seres.

Sin embargo hoy nos toca coexistir con un simple virus, un organismo más de este vasto universo que nos obliga a refugiarnos en nuestra morada más segura para resguardarnos del inminente peligro. Cual flechazo a la conciencia nos recuerda de que somos impermanentes, nos amenaza con mostrarnos el constante flujo de acontecimientos que se suceden uno detrás del otro y que creemos controlar, que creemos entender. 

Pensemos por un momento en esas flores que durante la primavera florecen y que algunos saben aprecian mas otros dejan pasar. Pensemos en esos seres florecidos momentáneamente y recordemos la concluyente esencia de la vida, de la existencia misma y del curso natural de las cosas. Recordemos que todo es transitorio y que a pesar de la belleza impregnada en hermosos colores veremos un día al viento soplar logrando hacer las cosas cambiar.
Y así el tiempo me recuerda que la naturaleza fluye y que algunos de sus seres se mantienen largo tiempo pero que inclusive en ellos la narración del tiempo actualizará cada uno de los estados en el presente y en cada momento. 

¿Cómo podemos imponer nuestra simple visión humana intentando establecer la idea de permanencia en este universo? ¿Cómo llegamos a pensar de que la historia nos conforma así como el futuro nos moldea a actuar? Pero, ¿Acaso no es nuestra construcción de ideas sobre lo que es la vida lo que nos impulsa a actuar?

Hoy me propongo pensar y observar lo contrario, pensar con las mismas herramientas que determinan mi identidad humana, solo eso, con la finitud del tiempo y la eternidad de la presencia que nos envuelve en cada instante.

La flores seguirán cayendo,
nosotros pasaremos.

Enviones de la Vida – Adiós a Myanmar (Parte II)

Cuarto Envión.

Luego de varios cambios de transporte, muchas horas en el camino y colectivos rotos estábamos nuevamente rodando hacia Yangon.

El nuevo bus era normal, no muy grande, tengo que admitir que por tener todas esas valijas alrededor estaba mas cómodo en la mini van. No había mucho espacio pero no me importaba demasiado, con estos últimos viajes las expectativas caen drásticamente y uno termina queriendo simplemente llegar a destino. Al cabo de una hora de viaje una valija me cae en la cabeza, la acomodo nuevamente, unos niños me miran y se ríen. Extrañaba un poco la traffic.

Seguimos rumbo a Yangon, otra hora de viaje, y un olor raro comienza a entrar por las ventanillas; venía del motor. La gente se tapa la nariz y el hombre que se sentaba a mi lado le reclama al chofer. Frenamos, nos bajamos y comienzan a alborotarse las cosas, como dice un amigo, se ponía «picante».

El conductor, sin interés alguno por solucionar el problema, pide a los pasajeros que suban de nuevo, que todo estaba bien. Un grupo comienza a quejarse y reclamar que en esas condiciones no se podía viajar, algo le pasaba al motor y adentro del vehículo no se podía respirar. Yo no entendía mucho, pero suponía que el chofer quería seguir andando y los pasajeros se negaban a hacerlo. Estaba anocheciendo y Rosa se acerca y me explica un poco la situación confirmando mis sospechas, entonces me dice que no me preocupe que ella se iba asegurar que llegara a Yangón,  un taxista amigo nos podía buscar pero mas cerca de Yangón por lo que teníamos que seguir varios kilómetros más para esperarlo.

Esperamos al costado de la ruta junto a otros pasajeros hasta que llegó un colectivo de otra línea que iba en esa dirección. Rosa, su hija Melody y otros pasajeros nos subimos a este nuevo bus, estaba atestado de pasajeros pero nos dejaron viajar igual, nos pusieron bancas de plástico en el pasillo para que nos sentemos el resto del trayecto. Los locales me miraban extrañados por ver un extranjero en esa situación, algunos sonreían y yo sabía que eso era lo que buscaba de Myanmar y no podía dejar de sonreír.

Todo era demasiado gracioso, yo no sabía si llegaría a destino, tenía que confiar en la ayuda de Rosa y su hija para llegar a tomar el avión a tiempo, ah, y sin casi nada de dinero en el bolsillo.

Ultimo Envión

Seguimos rumbo en el nuevo transporte por unas horas más hasta llegar a una parada en el medio de la nada y en plena oscuridad. Rosa me dice que teníamos que bajarnos.  Al lado de la ruta había un auto, y unas personas hablando entre ellas, el chofer se baja y Rosa duda un poco en subirse a ese auto o no. No era el taxi que había pedido y ese no era el lugar a donde ella esperaba ver a su amigo. Luego de discutir con el chofer del bus Rosa finalmente me indica que subamos a ese vehículo, yo claramente no entendía nada.

Subimos a este nuevo auto en el medio de la nada y en plena oscuridad, íbamos Rosa, Melody y yo. El auto nos llevaba a otro lugar, otra parada de colectivos en donde el amigo de Rosa nos buscaría, luego de viajar una media hora más llegamos a la parada donde el amigo de Rosa nos buscaría.

Así fue como llegamos a la última parada, habían pasado 17 horas y yo todavía no estaba en Yangón. Luego de esperar unos minutos Rosa me pregunta si quería comer algo, (había algunos lugares para comer en la mini estación de transporte), me negué por no tener mucho dinero y no sabía si tendría que usarlo después. Rosa me insiste, me invita la cena y nos sentamos a comer. Cenamos un plato típico de la zona y conversamos amenamente. Rosa me contó sobre su empresa turística en Yangón y Melody me contó su sueño de viajar y estudiar en el exterior, yo estaba feliz de poder compartir una cena con ellos, esa familia de Myanmar me había salvado del flujo constante de eventos desafortunados que se fueron interponiendo en el camino, pero como dicen «el obstáculo es el camino». 

Luego de intercambiar contactos y esperar un poco finalmente nos buscó el amigo de Rosa, me dijeron que no me preocupara que me llevarían al aeropuerto, era más de lo que esperaba. Recorrimos el último trecho en un par de horas y a la madrugada llegamos al aeropuerto, me dejaron en la mismísima puerta de embarque. El envión había sido perfecto, a tiempo para mi último vuelo despidiéndome de Myanmar y de esa hermosa familia.

Me costaba entender lo extraordinario de ese último día.

Envión de Fe

Recuerdo esta gran historia de despedida de un país que me cautivó al tiempo que me dejó fluir por sus tierras y sonreír entre medio de la gente mientras respiraba dentro de pagodas sagradas. Esa “cuestión de fe del bus”, de lo prometido, de lo que vendrá, de la promesa futura de algo mejor, sin embargo ese camino recorrido era la promesa, era la promesa de una aventura que seguía y cumplía expectativas de caminar junto a seres extraordinarios en latitudes ajenas.

Pienso que a veces es bueno dejarse llevar en el camino, no interponer resistencia al flujo constante de eventos temporales que nos van atravesando, dejar que esa energía se haga carne en nuestro cuerpo y que la presencia en el momento sea absoluta y sagrada.

Hoy creo que ese big bus si existió y lo conformaban esas personas que me fui cruzando en el camino y fueron creando el trayecto y me modificaron en el viaje interno que sigue hasta hoy.

Volé finalmente a Bali y luego a Nueva Zelanda para terminar una gran etapa, seguía impulsado por enviones filosóficos que hasta el día de hoy siguen ofreciendo profundos cambios y grandes crecimientos.

Reflexiones Sobre La Diversidad – Caminando Por Kuala Lumpur

Estábamos en Kuala Lumpur, mi amigo y compañero de viaje Kevin había llegado desde Singapur y nos encontrábamos allí para continuar el periplo en dirección norte.
Luego de varios días recorriendo la ciudad más poblada de Malasia estábamos listos para emprender viaje hacia la “capital de la comida callejera”, la isla de Penang.

En esos días en Kuala Lumpur pudimos entre otras cosas apreciar la mixtura cultural que se extiende entre casi dos millones de habitantes de la ciudad y el país. Kuala Lumpur se encuentra en el estado de Selangor, y entre otras cosas es la residencia oficial del rey de Malasia. Me resultó impactante la ciudad desde el primer encuentro, una amalgama por momentos caótica en donde conviven la cultura malaya, china e hindú. Ciudad moderna que bien podría confundirse de noche con un escenario futurista de Blade Runner. A estas alturas el movimiento constante que se vive entre este tipo de ciudades en Asia ya no me sorprendía demasiado, pero me impactó la manifiesta diversidad que se puede apreciar caminando en sus calles.

Me había hospedado en el barrio Chino y allí conocí a Chas, un joven oriundo de la ciudad de Malaca, (Sur de Malasia) fanático del futbol y especialmente orgulloso de su equipo local el Melaka United FC. De manera muy generosa me aconsejó lugares para visitar y un par de noches salimos a comer por el barrio chino con otros amigos. En una de esas noches me contó sobre la presencia de la religión islámica en las decisiones del estado, respaldado por la amplia mayoría musulmana que habita a lo largo y ancho del país. A pesar de la mixtura cultural y religiosa en la ciudad, la predominancia islámica es evidente.

Sin embargo cerca de Kula Lumpur se encuentra uno de los santuarios de la cultura Tamil mas importantes afuera de India, Las Cuevas de Batu, dedicada a Muringan (Señor de la Guerra, hijo de Paravati y Shiva, hermano de Ganesha). Escenarios tan impactantes como este no pueden sino demostrar el complejo entramado histórico que han vivido estas sociedades a lo largo de siglos de historia. Cientos de turistas, viajeros, y fieles de todo el mundo acuden cada año a este lugar impresionante que con escalones teñidos de colores nos indican el camino al santuario custodiado por la inmensa estatua del dios Murugan. Ciertamente una experiencia alucinante, no solo desde un punto de vista arquitectónico sino por la experiencia sensorial del contexto, palomas revoloteando los puestos de comida aledaños, fieles perfumados y exaltados por llegar al templo, turistas y selfies por doquier.

Mi experiencia como viajero siempre está sujeta a una comprensión subjetiva de la experiencia directa con el entorno y con las personas con las que me voy cruzando en el trayecto. Gracias a poder hablar y conocer el otro lado de las vivencias locales es que puedo transmitir los recuerdos de mis pasos por ese camino.  

En este sentido también me dejo llevar por el impacto visual que tiene una ciudad como Kuala Lumpur en donde el orgullo argentino me alborota cuando me enfrento, por primera vez, a las majestuosas Torres Petronas diseñadas por el arquitecto Argentino Cesar Peli, unas Torres Gemelas de 452 metros con una base de estrella islámica, (representación del orden y la armonía). El Impacto visual es increíble desde todos los rincones.


Por otro lado, no puedo obviar imágenes de grandes ratas deambulando por la noche en las calles del centro o la gente durmiendo en algunos bancos de plazas y parques. El Todo conforma esa experiencia de mi paso por el lugar, este me va impactando de diferentes formas, me hace reflexionar y me hace tener no sólo una visión sesgada por el análisis de las partes sino por el conjunto de lo que me voy encontrando.

La complejidad de estos lugares,  el entramado histórico que les conforma, no me hace sino reflexionar sobre la diversidad y la construcción de un ideal de vida basado en estándares occidentales impregnados por la riqueza y pluralidad de diferentes culturas orientales que se entremezclan en una región específica del globo.

Es interesante pensar el cómo se han ido estableciendo y construyendo las sociedades alrededor del mundo a lo largo de los años. Por más diversos que sean los intereses, al fin de cuentas siempre buscando el poder establecerse en un espacio de tierra que los aloje y los albergue. Trabajo, clima, religión, familia son algunas de las variantes que van forjando un sentido de movimiento y, luego, el establecimiento en ciertos rincones del planeta. Es increíble pero esto que sucede en Kuala Lumpur se repite en otras latitudes de manera similar, las grandes metrópolis son testigo de esto.

En estos días que corren creo fundamental pensar y finalmente entender que somos simplemente conglomerados humanos con particularidades y subjetividades diferentes. Como especie estamos predispuestos a forjarnos en varios sentidos de identidad, en base a la capacidad de supervivencia que vayamos teniendo en los diferentes lugares y tiempos históricos que recorremos como raza humana. En este sentido me parece interesante reflexionar sobre estos lugares en donde se amoldan formas de pensar, creer y vivir distintas en las que el ser humano claramente esta sujeto a la forma de identidad con el otro, y en esa conjunción va formando su propia subjetividad individual y colectiva.

Absolutamente todos en esta tierra somos producto de un movimiento que se forjó en algún momento en el tiempo por nuestros ancestros. Y esa capacidad de movernos primero y adaptarnos después nos formó como seres humanos sociales, migrantes, nómades y a la vez sedentarios temporales en la línea de tiempo de la existencia humana. Por otro lado la empatía hacia el otro debió ser parte de ese proceso para un buen entendimiento con los demás y así poder recorrer el sendero de la vida de la manera más afectuosa posible. No hay lugar para la discriminación, la segregación o la construcción de un otro “malo” si en la base del entendimiento está el saberse parte de un todo que nos define en nuestras raíces más profundas. Este entendimiento es fundamental pensarlo como algo que nos afecta y al cual afectamos con nuestras decisiones individuales y colectivas.

Lo bueno de las experiencias viajeras si se les sabe sustraer la esencia a través de su transmisión y reflexión, es que nos permite re pensarnos en lo que somos hoy como individuos y en lo que nos toca vivir en el presente donde sea que nos encontremos. A partir de ahí forjar nuevos sentidos de identidad y comprensión del otro y de uno mismo.

Por la libertad de los pueblos, la justicia de las opresiones y la diversidad como un eje de construcción de la realidad.

«La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes. Estamos atrapados en una red ineludible de mutualidad, atados en una única prenda del destino. Lo que afecta a uno directamente, afecta a todos indirectamente” Martin Luther King

Martin Luther King – Carta Abierta desde la Cárcel de Birmingham

Atardecer en la Península de Krabi, Tailandia

Un día más en la península de Krabi, caminábamos por las calles de Ao Nang buscando una linda playa, era el segundo día en el lugar. El primer día fuimos a la playa principal, y ahora recorríamos otros lugares en búsqueda de algo más.

Luego de caminar cuarenta minutos llegamos a otra playa que no nos gustó demasiado y decidimos volver a la anterior. Y en esa vuelta comencé a hilvanar imágenes mentales sobre varias cosas, una de ellas sobre lo necesario que es valorar la belleza del momento que se experimenta. Muchas veces sentí esta sensación de realización actualizada del instante, sin embargo cada tanto me dejaba llevar por esa necesidad construida en mi cabeza que me pedía algo diferente a lo que estaba siendo. Y en ese estado de ingenuidad no me daba cuenta de esta gran debilidad hasta que finalmente comencé a viajar y moverme, fue ahí cuando todo comenzó a calmarse de a poco y una vez más.

En esos recorridos psico-mentales uno comienza a fluctuar entre la capacidad para contemplar y la fricción por seguir en ese andar y finalmente escapar. Sin embargo ese andar puede traer necesidades ficticias, que pienso que hay que erradicar, y en ese camino creo estar.

Fue entonces cuando volvimos a la playa, vimos un grupo de amigos árabes que jugaban fútbol mientras el sol caía, mi amigo Kevin hacía ejercicios en la arena y, tanto turistas como locales comenzaban a prepararse para el ansiado momento de la hora mágica. Yo por mi parte decidí caminar a lo largo de la playa con mi cámara, fui hasta la montaña que custodia la extensa ribera y volví hacia donde se encontraban los barquitos que llevaban personas a otras islas cercanas.

Me quedé observando el partido entre los paisanos que exteriorizaban con fuertes gritos sus ganas por ganarle al otro equipo. El sol caía lentamente y yo miraba y apreciaba cada instante de esa gran escena. Varios grupos de mujeres asiáticas se reunían con sus celulares esperando el momento justo de la caída del sol para obtener una buena selfie en el momento exacto. Una chica me pide que le saque una foto y luego ella me devuelve el favor con otra captura mía del instante.

El sol seguía cayendo.  Los colores del cielo cambiaban a tonalidades cálidas; los rojos, los rosas, los naranjas y los ocres teñían no solo el cielo sino la arena, los rostros, las sombras y los reflejos del mar de Andaman.

La alucinación del momento fue incrementando cuando todo se fue aconteciendo y sucediendo en el espacio que todos habitábamos en ese mágico instante. Los brillantes ocres se saturaban y mezclaban con los rosas de las nubes y al esconderse el sol en el horizonte todo cobró fuerza propia. Un estado de serenidad invadió el lugar, me invadió a mí, internamente, miré para arriba y seguí retratando el cielo, las sobras y los personajes que se movían como visiones de un cuadro sin tiempo que continuaba pintándose cada momento.

Entonces dejé la cámara y me sumergí en el mar con los últimos rayos de luz que impregnaban mi corazón abierto, que sanaban viejas heridas de estados olvidados en la sequía del ayer. Floté mirando hacia arriba mientras anochecía y vi cómo las primeras luces de la ciudad ya se reflejaban en el oscuro mar. El silencio se hizo piel cuando la tierra, el aire y el agua siguieron su curso y todo fue armónico una vez más, todo fue uno, en ese instante me di cuenta que no había que buscar mucho más, solo contemplar.

Me recordé a mí mismo una idea que venía dando vueltas en mi cabeza hace tiempo, Hacer de los viajes algo mágico, intentar construir la utópica idea de que podemos transformar nuestras experiencias como viajeros en hechos místicos y fantásticos.


Pensar en la posibilidad de crear experiencias que nos eleven como seres que tenemos la única oportunidad de transitar esta tierra y convertir ese recorrido en un acontecimiento fabuloso.
Que cada uno de nuestros pasos esté impregnado de conciencia, que nada pase desapercibido, que la curiosidad sea el estandarte y la empatía sea la bandera de esta navegación sin rumbo.

Y finalmente el poder pensar en la construcción de vínculos como algo necesario para el espíritu, pero que seamos capaces de encontrarnos y conocernos en la soledad de nuestro ser mientras apreciamos momentos como estos.

El Templo de la Cueva del Tigre | Recomendaciones para Escalar un Buda

Estatua de Buda se alza sobre la cima de la montaña en el Templo de la Cueva del Tigre, Krabi, Tailandia- Fotografías Marcos Sanzano

Luego de meditar abrí los ojos, el sol me impactaba de frente y una gigantesca imagen de Buda me interpelaba. Estaba en el Templo de la Cueva del Tigre (Wat Tham Suea), – Construido en 1975 luego de que un monje Vipassana fuera a meditar a la cueva y viera tigres alrededor.

El ascenso cuenta con 1260 escalones para llegar al templo budista que se encuentra en la cima de la montaña. Muchos de ellos superan en más del doble el tamaño de un escalón tradicional.

El Templo de la Cueva del Tigre se erige en la cima de una montaña al noreste de la ciudad de Krabi. En la base de la montaña podemos ver esculturas, templos budistas y taoístas custodiados por monos que no dejan de aproximarse. Al comenzar a subir hay advertencias de la altitud y la cantidad de tiempo y escalones requeridos para poder llegar al santuario.

Aquí mis «Recomendaciones» para Escalar un Buda

Primero y antes que nada llevar la mochila vacía, o al menos liviana. Siempre es difícil trepar con mucho equipaje y es preciso deshacerse de lo más pesado, a veces la carga está en la mochila, a veces en lo que está adentro, y como en la vida misma a veces son nuestros pensamientos o prejuicios los que pesan. Lo que creemos esencial a veces se vuelve lo más pesado y nos impide avanzar en el camino hacia la cima.

Viajando se experimentan este tipo de sensaciones, si se las sabe apreciar, hay que hacerlas trascender, contemplar la riqueza de ver que cada escalón, cada colina, y cada obstáculo es el camino a recorrer. Ir paso a paso, una cosa a la vez, que no nos abrume la montaña que se nos avecina sino presenciar cada paso como un estado divino del devenir.

Y en ese esfuerzo es fundamental crearse el hábito de no identificarse con lo que la cabeza nos dice de nuestra condición, del momento en que estamos en la montaña y de lo que somos, porque somos algo más que eso. Nuestras actitudes van camino hacia ese destino incierto en donde las circunstancias nos van moldeando pero a la vez sermoneando a escapar y encontrar otros caminos alternativos al que veníamos recorriendo. En la montaña el camino es hacia arriba.

En este intento por subir, uno se cansa, se confunde y a veces hasta se cree dueño de la verdad que nos enreda en conceptos erróneos impidiéndonos subir la próxima colina y así el recorrido se hace más confuso, más arduo. Sin embargo todo esto es necesario para experimentar el camino plenamente.
 

Escalando el Templo de la cueva del Tigre, o mejor dicho, después de hacerlo, me di cuenta de la importancia de cargar con pocas cosas, de que lo esencial es escaso y que lo escaso es a veces fundamental. Quizás lo único que hace falta es la filosofía de saberse libre de estados mentales y físicos impermanentes.

“Si no posees nada, busca la filosofía antes que cualquier otro bien” 

SENECA

Avanzando por la ladera de la montaña sentía la humedad y el calor penetrar mis sentidos, la transpiración se hacía presente en ese andar y a pesar del poco equipaje el caminar por momentos era impreciso.  

Finalmente me di con la suerte de poder llegar y admirar el majestuoso Buda en la cima de la montaña. Había llegado a la cima luego de muchos escalones pisados. No me había dado cuenta pero varias subjetividades se desplazaban y un nuevo equilibro transitorio se vislumbraba. O quizás era otro estado, una transformación del espíritu o tan solo una nueva forma de lo que no tiene forma, lo que está adentro.

Al llegar a la cima y recostarme bajo el inmenso Buda, el sol me conmovió con su presencia y no pude sino dejarme suspender en un estado meditativo, de a poco iba viendo como llovían momentos perecederos de un yo que se deshacía entre la humedad de la montaña.  A la distancia se avecinaba una tormenta, por el momento todo era luz y solo podía ver eso.

El Buda estaba ahí, gigantesco, solemne y taciturno en la punta de la montaña, la fuerza de la imagen, del espacio y de la experiencia se potenciaron con el entendimiento de la experiencia interna que a igual que la figura estaban enclavados en el presente.

Luego de meditar en la punta de la montaña la imagen del Buda me exhortaba a indagar en lo más recóndito de mi ser, quizás la pregunta en realidad era ¿cómo podía «escalarme»?

¿Qué cómo escalar a un Buda? No lo sé.

Quizás dejando un estado por otro, cambiando de plano, soltando equipaje y convirtiéndose en otra faceta de lo uniforme que nos conforma, la verdad es que no lo sé.
Solo puedo decir que recuerdo que al subir un escalón a la vez lo liviano se hizo esencial y lo libre necesario.

Solo me quedaba seguir, siempre seguir.

¿Que otra cosa sino?

Atrapados en Yangón

Atrapados en Yangón

Y un buen día llegamos a Yangón, la ciudad más grande de Myanmar. Arribamos unos día antes del Festival Thadingyut, el segundo festival más importante del país, también conocido como el festival de las luces. Este festival tiene lugar en el día de la luna llena del mes del calendario lunar de Birmania.  Es una celebración del descenso de Buddha del cielo después de recitar el Abhidhamma a su madre, Maya, quien renació en el cielo.

Sabíamos de la importancia de este evento, de hecho era una de las motivaciones para visitar el país en esta época. Lo que no sabíamos era la intensidad con la que se lo vivía y el particular detalle de que es calendario de fiestas y asuetos por lo que todos lo lugareños utilizan este momento para viajar y celebrar de diversas formas en lugares variados. La aglomeración se hace visible en cada rincón, había movimiento y caos pero a la vez una vital y abundante energía circulaba por las calles previo a la festividad.

Llegamos con la intención de recorrer la ciudad sólo por unos días,  y nos encontramos con el panorama de no poder trasladarnos por la falta de transporte público, que saturado por la demanda hizo imposible el poder encontrar un medio de transporte para salir de la ciudad.

Luego de idas y vueltas decidimos finalmente quedarnos varios días más hasta que pasara el festival y luego continuar nuestro periplo.

Estábamos atrapados en Yangón.

Al pasar el tiempo nos fuimos dando cuenta de que estábamos conociendo mejor el lugar ya que ni pensábamos cómo ubicarnos y caminábamos como locales entre medio de callejones, avenidas y pagodas.  

De esta manera comenzó el lento descubrimiento de Yangón.

Ciudad llena de vida, con innumerables templos y pagodas, es una de las aglomeraciones más diversas del país. A pesar de la predominancia budista a lo largo del territorio, aquí es posible identificar un barrio musulmán con mezquitas, una sinagoga e iglesias católicas.
Además es interesante ver la disposición de la ciudad que contrariamente con el resto del país se erige como una urbe en desarrollo con centros comerciales, cadenas de comida, vestimenta, restaurantes y bares. A pesar de esto todavía es posible ver cómo los edificios dejan entrever vestigios de la época colonial inglesa, coloridos edificios algo despintados se aprecian entre medio de los atareados cables que cuelgan de las paredes y postes.

El movimiento forma parte esencial de la vida de Yangón, ya sea para trasladarse a la isla de Dala en ferry o para moverse entre sus barrios en transporte público; en tren, automóvil o caminando, la gente está en movimiento, las calles tienen vida.

Una vez que se penetra un poco más en la ciudad es posible apreciar pequeños detalles escondidos en el día a día de la escena Birmana. Tuve la oportunidad de caminar por diversos rincones, callejuelas, ver escuelas en plena actividad, cruzar a la Aldea de Dala en ferri con los locales, recorrer las tierras aledañas a la ciudad en el tren circular, comer en mercados, meditar en templos y pagodas.

El estar “preso” en un solo lugar me hizo reflexionar sobre la situación que estábamos viviendo, el escenario era ese, solo nos quedaba aceptar y afrontar la realidad que nos tocaba vivir. Teníamos que esperar hasta que pasara el Festival para poder seguir el periplo.
No puedo dejar de pensar en la similitud con el curso de los eventos que nos toca vivir hoy a nivel global. El encierro, el tener que quedarse en un solo lugar.

El no poder trasladarse, recorrer, moverse, es un impedimento que no debería abstraernos de conocer con detalle lo que está siendo. Es necesario que en nuestro caso actual nos observemos a nosotros mismos, al interior de ese abismo de no saber qué nos depara el mañana, pero la virtud se esconde en el detalle de sabernos vivos y consientes en el momento presente.

Tal cual experimenté en ese momento en Birmania, la experiencia debía pasar por otro lado, apreciar lo que era desde la contemplación y el agradecimiento del momento que estaba siendo y no volvería a ser. Y así fue.
Gracias a esta suerte  de ejercicio conciencie me vi inmerso en estados contemplativos de profunda conexión con los lugares y la gente.

Todavía recuerdo las cientos de velas prenderse al atardecer en el medio de la Pagoda Shwedagon (la más grande del país), al mismo tiempo que los rosas del atardecer se entremezclaban con los dorados irradiados por la gigantesca stupa.

Siempre vuelvo a lo mismo y hablo de esos instantes que son los que quedan de los viajes, esos detalles que permanecen por alguna razón. Quizás se quedan ahí por entendimiento y ponderación de la razón o quizás por una consciencia presente que se ilumina por un segundo y nos permite acceder a la experiencia de una manera más entera, más real.

La paz, la quietud de esos atisbos son necesarios hacerlos presentes en nuestra vida. Esta no es más que una forma de recordarme estos instantes a mí mismo para aprender a acceder a la realidad de una manera más substancial y que el presente se haga eterno en ese entendimiento.

Quiero demostrarme la capacidad para observar lo desconocido, ya sea viajando en un tren por medio de Birmania o encerrado en el medio de una pandemia mundial. El verdadero viaje siempre será otro, el interno y para todos lo mismo.

Pienso que aquella que nos quedamos atascados en Yangón no estuvo tan mal, al fin de cuentas allí nació la comprensión de que el único viaje que no se acaba nunca es el de mirarse para adentro, en la quietud del ahora.

Hoy me lo recuerdo.

Amores Secos

Amores Secos se aferran a mis pies mientras bajo de la moto eléctrica que me traslada por las pagodas de la antigua ciudad de Bagan. Mientras observo la imagen automáticamente me siento transportado a esa tierra lejana.

Vuelo a través del tiempo, voy recorriendo pequeños senderos de tierra entre maizales y hermosas acacias que rodean las miles de pagodas construidas a lo largo de muchos siglos. Sigo en ese trance atemporal y veo, cuál viajero sin rumbo, cómo giro entre energías sospechosas de magia ancestral.

Me despierto a la madrugada, son las cuatro de la mañana, tengo que asegurarme llegar a tiempo a Bagan Viejo para poder observar el amanecer y ver el nacimiento de un nuevo día sobre las pagodas. Me sorprendió ver tantos viajeros despertando temprano con el mismo plan, y con eso en mente todos salimos en nuestras bicis y motocicletas hacia la explanada.

Debo confesar que un día antes de esto ya había recorrido parte de Bagan Viejo, allí pude ver lo esplendoroso y místico del lugar, más de 3500 templos budistas construidos a lo largo de 25 kilómetros cuadrados.

Bagan fue la antigua capital de Birmania desde los años 1044 hasta el año 1287 y fue centro político, económico y cultural del Reino de Pagan. La zona arqueológica nos obliga a reflexionar sobre su antigüedad ya que las estructuras budistas que nos vamos topando datan de entre 800 y 1000 años de antigüedad.
A pesar de que la ciudad sufrió un terremoto, en Agosto de 2016, la mayoría de sus templos se encuentran en buen estado, sin embargo todavía se pueden ver restauraciones de los templos que fueron afectados.

En este primer día me encontré con un pintor que dibujaba paisajes típicos del lugar, como tantos otros. Los pintores deambulan por el lugar en búsqueda de potenciales compradores de sus obras. Me dijo que me podía indicar un buen lugar para ver el amanecer, me ofrecía mostrarme una pagoda escondida a la que podría subirme y ver el sol asomarse a través de las estupas y templos. Accedí entusiasmado, y a cambio me pidió mostrarme sus pinturas, así fue como lo seguí entre matorrales y caminos muy estrechos hasta que llegamos a un gran maizal que no permitía seguir con la moto, frenamos allí y bajamos.

Nos adentramos en un frondoso camino y luego de cruzar la plantación llegamos al pie de una gran estupa. Me señaló la punta de la estructura y me dijo que había que sacarse el calzado para poder subir por respeto y costumbre religiosa, así lo hicimos y nos trepamos a la cima. Me topé con una fantástica panorámica de pagodas entremezcladas con maleza y maizales que dejaban entrever los miles de santuarios en el horizonte. Luego de sacar algunas fotos me llevó a otro templo y me ofreció sus pinturas, encantado compré una bella panorámica de Bagan Viejo y, bajo una estatua de Buda, el pintor agradeció por la buena fortuna, nos saludamos y no nos volvimos a ver.

Con mucha ingenuidad creí haber localizado el lugar para volver al otro día y así poder ver el amanecer, sin embargo si hay algo que es fácil hacer en este lugar es perderse entre templos, y así fue.

Volvemos al día siguiente, yo seguía en mi moto rumbo a Bagan Viejo y antes que amanezca pensaba en cómo llegar a ese rincón escondido entre maizales, en mi mente estaba la certeza de poder encontrar el sendero y llegando a donde suponía estaba el mismo, me perdí. Lo malo de desorientarse en ese momento era que el sol comenzaba a estibar los primeros rayos de sol en el cielo, me perdería el momento. Me encontré desalentado al ver que los rosas de la hora mágica ya teñían cada rincón a mi alrededor pero decidí seguir con la moto introduciéndome por senderos varios hasta encontrar algo que me recordara dónde estaba. Y en el medio de esa búsqueda frenética de repente escuché una bella voz llamándome desde el cielo.

Alguien podría decir que el escenario místico y espiritual ameritaba la posibilidad de escuchar voces celestiales. Sin embargo la voz era de una bella chica que me llamaba desde lo alto de una pagoda, era un grupo de tres mujeres jóvenes y un chico, todos hacían señas indicándome el camino escondido hacia la pagoda. Rápidamente trepé al templo mientras agradecía la buena fortuna y al llegar a la cima me encontré con el grupo, sonreían de ver mi cara de felicidad por haber subido justo a tiempo. La chica que me indicó el camino era española así como el resto de los jóvenes viajeros, por lo que el encuentro siguió en lengua castellana.

Colores ocres, amarillos, rojos y naranjas ya impregnaban el espectacular lienzo, la imagen era impactante, pagodas, templos y estupas se bañaban en cálidos colores y la abundante maleza que todo lo rodeaba comenzaba lentamente a respirar el día entre humo de chimeneas.
Mirando con mi cámara el espectacular amanecer no pude evitar sentir una paz trascendental que invadía mi cuerpo y mi alma, no pude dejar de sacar fotografías mientras agradecía el momento. La quietud y el silencio del espectáculo eran insuperables, sublimes y mientras registraba el momento comencé a divisar una gran forma redonda elevarse en el horizonte. Si, eran globos aerostáticos que justo ese día y gracias al clima podían volar y nosotros verlos elevarse. Estoy convencido de que ese día hubo un vínculo extraordinario, algún tipo de conexión prodigiosa para que todo se diera, para que esa vivencia se materialice y que la experiencia se transformara en historia, en imágenes y palabras.  

Una foto puede tener una o mil historias detrás, puede ser producto de una emoción, un sentimiento, un acontecimiento, un lugar o un encuentro. Una fotografía nos puede transportar a otro tiempo y lugar, puede hacernos ver los vestigios de realidad que sucedieron en otras épocas. Puede hacernos dar cuenta de la importancia del ahora, puede hacernos reflexionar sobre la condición humana y sobre todo sobre la condición de nuestra conciencia más innata.
Creo que si hay aunque sea algunos momentos de estos en nuestras historias, todo puede elevarse, la vida misma, todo lo que somos y nos pasa, como ese amanecer, ese misterioso momento que me regaló un instante perdido en el tiempo.

Las historias se conforman de eso, de los atisbos de realidad que creemos vivir y experimentar, esas señales van conformando una conglomeración de estados mentales y emocionales y ahí es donde creemos residir como personas. Sin embargo lo preciso es ser capaces de actualizar las formas con las que procesamos la vida que somos y todo en el presente porque es lo único que tenemos y tendremos.

Luego de esa mañana continué mi periplo por todos los templos que pude visitar, entré a decenas de pagodas y medité en algunas, nuevamente me perdía entre santuarios pero a pesar de esto pocas veces me sentí tan libre, tan en paz, nunca me había encontrado tanto.

El día se fue sucediendo lenta y mágicamente, luego los rayos de sol escasearon otra vez y así fue como el día se fue.

Al anochecer noté algo, miré hacia abajo y Los Amores Secos ya no estaban en mis pies.

Conectando en Dala

Un día caminando por Yangón decidí desviarme de las calles del barrio chino que me alojaba y fui hasta la rivera del río. La aglomeración de gente ya se veía, estaban todos esperando el ferri que cruzaba hacia el otro lado, iban hacia el poblado de Dala. Ya sabía de su existencia y me dispuse cruzar para conocer ese otro costado de la realidad birmana.

El ferri es el medio de transporte usado por cientos de birmanos que trabajan en Yangón y viven en Dala. Formada por cincuenta villas y rodeada de ríos, es un área rural subdesarrollada a pesar de su cercanía con la ciudad más importante del país. Es importante mencionar que parte de esta población se vio perjudicada por el tsunami de 2004, esto sumado a la dificultosa conexión con la ciudad por la falta de puentes fue creando condiciones poco favorables para la región.

En este otro lado se pueden ver principalmente villas de pescadores, aldeas de bamboo, pagodas, monasterios budistas y mercados de comida.
Tan rápido como llegué a pisar tierra me encontré con un joven que me ofrecía llevarme a conocer la zona, accedí y charlamos un poco de Dala y Yangón.
Antes de caminar, me quedé mirando un partido de Chinlone en la vera del río, este es el deporte nacional de Myanmar, característico por las destrezas atléticas de los participantes que haciendo grandes saltos y piruetas en el aire logran hacer pasar una pelota hecha de Rattan (Caña de Indias) por arriba de una red. Después de fotografiar la escena me propuse caminar y adentrarme en la región.           

Una de las primeras cosas que fuí a conocer con mi guía fue un monasterio, al contrario de lo que sucede en Yangón aquí se ingresa sin costo alguno a las pagodas. Pude saludar a los monjes budistas que estaban trabajando la tierra en el lugar y seguimos el recorrido.

Luego fuimos directo a la aldea de bamboo, un poblado un tanto alejado del caserío principal de Dala, una de las zonas más afectadas por el tsunami. Uno de los primeros lugares que pude ver fue el cementerio en donde yacen gran parte de las víctimas de aquel evento que todavía tiene sus cicatrices presentes.

Seguí caminando y presencié nuevamente otra escena de lugareños jugando Chinloe, luego fuimos a recorrer el lugar. La gente me saludaba amablemente, algunos un tanto extrañados, evidentemente no recibían muchas visitas en esta zona. Me crucé con muchas familias disfrutando el sol, trabajando, jugando o simplemente estando en el lugar, todo lo que había para ellos era eso, su aldea. Los niños correteaban y se acercaban, miraban mi cámara y yo les dejaba usar el equipo para que vean mientras posaban y hacían morisquetas divertidas. La espontaneidad del momento fluyó en el ambiente y en la conexión humana que se generó inclusive sin la posibilidad de comunicación lingüística pero si afectiva.

Luego de jugar con los niños y hacer el registro fotográfico del lugar seguimos rumbo al mercado de alimentos a donde concurren todos los lugareños para abastecerse de comida para el día o la semana. Los perfumes y colores tomaban protagonismo en otra escena típica en la película que es Myanmar.

A pesar de las marcadas diferencias, de la imposibilidad de comunicarse o simplemente por la lejanía preestablecida con otras formas de entendimiento de la realidad, pienso que si se hace un esfuerzo se puede conectar y generar esos vínculos mientras uno se mueve, el movimiento al fin y al cabo es de la cabeza, nada más.

Creo que en algún momento volverá la posibilidad de proyectar esos lazos mientras el movimiento del viaje sea una constante en la mente y mientras la realidad se vaya amoldando a esa comprensión del otro, y así poder reír, llorar, emocionarse, entenderse, vivir.
Mientras tanto queda generarlos desde el entendimiento mutuo y de la comprensión real de la situación que todos experimentamos hoy como un todo conectado.

Recuerdo que al volver atardecería sobre el río Yangón, el sol caía sobre el horizonte y yo lo vivía como una despedida de aquella ciudad que me alojó durante tanto tiempo, en breve con amigos viajeros partiríamos en búsqueda de otras tierras mágicas y sagradas.

La fuerza del viaje seguía latente sin embargo en el horizonte ya se comenzaban a divisar trazos de escritos por esbozarse para un día como este poder compartirlos y finalmente terminar el viaje.

Comienza la Ceremonia

Salí desde Auckland a Bali un Martes por la madrugada. Por ese entonces yo estaba visitando una amiga kiwi que, amablemente, me alojaba los últimos días antes de mi travesía, por lo que tuve que salir bien temprano.

A veces uno se da cuenta del impacto que ciertas experiencias tienen en uno en el momento exacto en que suceden. Algo así me aconteció apenas llegué a mi primer destino, Bali. Al llegar a esta isla de Indonesia los colores, la música y la tradición hindú-balinés calaron profundamente en mi entendimiento del todo. Especialmente desde mi visión occidental-latina que, cargada de pre conceptos, pero a la vez dispuesta a dejarse llevar por el camino, fue adentrándose en las diferentes culturas de esa parte del mundo.

Hoy, en tiempos de pandemia, en dónde las fronteras están a la vez cerradas y desdibujadas a la vez, parece fácil reflexionar sobre la conexión de todo con el todo. Creo que la idea de Aldea Global se comprende recién hoy un poco más, manifestada en hechos concretos en donde la realidad nos sacude inesperadamente.

Sin embargo, ya en ese entonces y por algún motivo extraño, logré experimentar una sensación de gratitud al hacerme consciente de la inmensidad del mundo y darme cuenta de que las lejanías y diferencias eran reales pero ficticias en su esencia.

De esta manera me adentré en esta isla empapada de templos hindúes, en donde la religión y la espiritualidad atraviesan las distintas aristas del entramado social. Todo esto sin dejar de lado el contexto de efervescente consumismo del lugar, que acelerado por el creciente turismo de países vecinos como Australia van re-moldeando la sociedad.

Todavía recuerdo el preciso momento en que ese impacto se “materializó” en consciencia pura, fueron apenas unos segundos, yo iba en una moto, mi chofer designado, Diron, manejaba y yo detrás iba admirando lo que veía.

Estábamos yendo al templo de Uluwuatu a ver la ceremonia del Kecak (Una antiguo Baile-Ritual tradicional en Bali).

Ese momento de realización consciente se podría decir que fue una suerte de premonición iniciática de lo que sería mi periplo por el sudeste asiático. Una moto andando a toda velocidad atravesando una ciudad condensaba en tráfico, personas, vehículos y bocinas, que se mezclaban en una humedad omnipresente que todo lo envolvía.

La aceleración ondulante de la moto esquivaba todo con destreza en un movimiento cuasi orgánico con las otras piezas de la trama vehicular. Pero era más que eso, mientras atravesábamos la isla convergíamos con la extraordinaria exaltación de todos los sentidos.

Allí estaban, gigantes estatuas y monumentos de dioses hindúes que decoraban diferentes esquinas e intersecciones del camino, mientras tanto el movimiento lo barría todo. La humedad nos perseguía mientras los perfumes de los mercados y puestos de comida callejera se adentraban en mi cuerpo. Yo intentaba retener la esencia mística del momento iniciático, de ese instante sagrado de felicidad plena, un instante efímero en donde se circunscribían acciones de una escena surrealista.

Un mar de motocicletas fluían en varias direcciones, éramos solo una gota más en ese océano de movimiento. De repente pude ver como una enorme estatua del héroe hindú Arjuna nos escoltaba y apuntaba con su arco en dirección al sol que bajaba lentamente por el horizonte mientras un avión aterrizaba traspasando el rojo de la tarde. La irreal escena transcurría en el devenir mientras la moto atravesaba el camino y llegábamos finalmente al templo de Uluwuatu.

El sol ya caía sobre el mar y una sensación de contemplación plena se cristalizó. Y ahí estaba yo, por primera vez experimentando la vivencia del viaje en un entendimiento de estos momentos como atisbos previos a relatos que se convertirían en historias, como esta.

La ceremonia comenzaba.